Fundación Ananta

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Pensamientos de junio: mi consultorio es la Tierra

"Pero no hay que esperar a ser un médico para ser un sanador. El sanador es cualquier hombre o mujer que sea capaz de convertirse en un canal inteligente del amor. Para él la oportunidad de sanar ocurre siempre, su consultorio es la Tierra. Sus pacientes, flores, pájaros, niños, santos o ladrones, todos los que necesitan la energía del amor”. Jorge Carvajal, “Por los caminos de la bioenergética. Un arte de curar” (1995) p. 145. Editorial Luciérnaga, 2006. Imagen: amanecer en Badalona, 8 febrero 2016 (cortesía de Carmen Torres)

Coincidentes vitales (Ramiro Calle)

Es en el Mahabharata donde podemos leer que los seres somos como maderos que durante un tiempo nos encontramos en el océano de la vida carnal y luego nos separamos.  Pero esa separación, con respecto a los que llamo "coincidentes vitales", no la siento como tal, porque si como declaraba Kabir, el mar y sus olas son una unidad, ¿qué diferencia hay entre él y ellas? El cegador resplandor del misterio de la vida, eclipsa la débil luz del entendimiento ordinario. ¡Qué enigma tan grande que en millones y millones de años vayamos a coincidir en esta vida  con unas determinadas personas y...

Pensamientos de enero: cada gesto es mágico

"Cada gesto es mágico. Entonces, cuando encontréis a alguien por la mañana, no le deis los buenos días con un recipiente vacío, porque sin quererlo, sin saberlo, estáis tratando de desearle el vacío, la pobreza, el fracaso para todo el día. Diréis: "Pero esto no tiene ninguna importancia, en el mundo la gente no presta atención a estas cosas." Si la gente es inconsciente, ¿es ello una razón para imitarla? Que actúen como quieran, pero nosotros, aquí, en donde aprendemos las leyes de la nueva vida, debemos acostumbrarnos a ser conscientes de todas las cosas. Por lo tanto, cuando por la mañana...

"La globalización permite cambiar el mundo desde la raíz" (14-5-06)

Entrevista con Hernán Zin

La globalización es una herramienta que permite cambiar el mundo desde la raíz. Probablemente por primera vez, tenemos un recurso para llegar al individuo más débil; no aprovecharlo sería un modo lamentable de dejar pasar una oportunidad única. Venimos aquí para amar y compartir, es lo único que nos da paz. Un mercado que oprime a millones de seres humanos se vuelve contra ti.

Son palabras de Hernán Zin, autor de “La libertad del compromiso” (ed. Plaza y Janés), “Helado y patatas fritas” (Ed. Plaza y Janés) y “Un voluntario en Calcuta” (Ed. Temas de hoy), obras que activan el impulso genuino de ayudar a los demás, el instinto primordial de protección y defensa de los más débiles. Licenciado en Relaciones Internacionales, periodista y escritor, Zin tiene 34 años y la vitalidad de quien cree en lo que hace.

Aunque constata que nunca ha habido tanta diferencia entre ricos y pobres, y precisa que las 246 personas que más tienen acumulan tanta riqueza como la que está a disposición de 1.400 millones de seres humanos, “toda la gente de bien sueña con un cambio, desea sinceramente vivir una realidad más justa y equitativa” y entiende que se está produciendo una transformación, si bien aún no está en condiciones de ilustrarse en cifras.

En una entrevista con Fundación Ananta, Hernán Zin hace un llamamiento a la gente de empresa a poner en “bolsa de otros ideales”, especialmente si han comprendido que “la paz interior no tiene precio, porque indica que estás cumpliendo el fin último del ser humano: amar, compartir, dejar una impronta en el mundo no a través de la acumulación desmedida y la competencia, sino del amor y la generosidad”.

De familia de empresarios, Zin cree que este colectivo, si quiera podría ser el artífice del cambio que tanto necesita el mundo, “porque suele ser la gente mejor preparada: la que sabe gestionar y generar recursos”.

A su juicio, la globalización –cuyo comienzo sitúa en 1969 con la emisión televisiva mundial de la llegada del hombre a la luna, y su auge y esplendor a partir de 1989, con el Consenso de Washington y la caída del muro de Berlín- tras un primer boom económico que generó mucho entusiasmo en los años 90, ha demostrado en el siglo XXI que no está funcionando porque hasta ahora sólo ha dado flujo a la economía de mercado y al capital, y no a los valores humanos fundamentales. “Por puro pragmatismo, ese bienestar tiene que llegar a mucha más gente. Es importante en lo individual y en lo geoestratégico, porque un mercado que oprime a millones de seres humanos se vuelve contra ti”.

A su juicio, “vivimos momentos apasionantes. Por primera vez en la historia contamos con los recursos tecnológicos, científicos y financieros para asegurarnos de que no haya en el mundo una sola persona que pase hambre. Nuestro planeta parece haberse empequeñecido. Gracias a la revolución en los medios de comunicación y transporte, podemos decir que los seres humanos somos ya una gran familia. La globalización nos ofrece una oportunidad que no podemos dejar pasar”.

Zin entiende que recuperar ciertos valores espirituales podría ser la clave para hacer realidad este cambio; comprender que o material, por su carácter ilusorio y efímero, no puede ser un fin en sí mismo. “Lo importante en la vida pasa por dar y compartir; sólo cuando te animas a dar es cuando recibes. No se trata de una cuestión de generosidad y altruismo, sino de un egoísmo inteligente que nos conviene a todos, frente a otro más infantil y primario que parece primar”, Indica.

“En lo político, lo económico y lo humano, tanta desigualdad como la que ahora hay, resulta contraproducente, y tanto los ricos como los pobres estamos pagando sus consecuencias”, asevera Zin.

Al respecto, Zin añade que “la historia no ha terminado como pretendió Francis Fukuyama cuando en 1989 habló del fin de los enfrentamientos ideológicos, sino que parece haberse potenciado, ya que cada día tenemos la impresión de estar viviendo momentos decisivos, históricos”, por lo que hace un llamamiento a “ser conscientes de que cada paso que damos es fundamental”. “Si no tomamos medidas para hacer de este mundo un lugar más justo y seguro, se nos volverá en nuestra contra. En buena medida ya lo vemos con el terrorismo, con la inmigración, y la multitud de conflictos armados que hay. Una tercera parte de la humanidad está en guerra. También en el plano individual, se ven enormes niveles de frustración, depresión y ansiedad en Occidente”.

Zin fundó hace años la ONG Acción por la Infancia, con la que creó una docena de hogares y centros de formación para niños pobres, y cree que tiene mucho mérito quien “deja todo y se va”, pero opina que el reto, el gran desafío, es transformar el mundo “desde donde esté cada uno”, incluso “desde el individualismo en el que estamos todos, dándole la vuelta, positivizándolo”. Además de escribir en periódicos como La Voz de Galicia y El Mundo, Zin dirige documentales para televisión y campañas de educación, siempre en línea con sus inquietudes.

Además, tiene una página en la red: www.hernanzin.blogspot.com, dedicada a “dar voz a los marginados, los excluidos, los que se encuentran en el último peldaño de la escala social mundial, y a todos los que luchan por ayudarlos”, según reza la presentación de la propia web, y es el responsable del calendario solidario, dedicado este año a la mujer africana y el año que viene al desarme.

Zin, que ha vivido en India y en China, y que viaja constantemente a países desfavorecidos, cree que acercarse al que sufre “da sentido a tu propia vida” y asegura que los niños del tercer mundo “tienen brillo en los ojos”, mientras que los hijos del consumismo “están frustrados, no son felices”.

“Acercarnos a los que sufren, sobre todo es un buen negocio para nosotros. Los más desfavorecidos no olvidan ni un instante qué es lo importante”, asegura. “Y esto es fundamental para los ciudadanos de los países ricos, que entre tantos mensajes publicitarios y tantas prisas, confundimos siempre lo accesorio con lo esencial. Por eso nos frustramos y tenemos la sensación de que no estamos haciendo las cosas bien, aunque gozamos de niveles de vida altísimos y somos unos privilegiados”.

Aunque se autodefine como “ateo” en la medida en que rechaza “la capitalización de Dios y la manipulación de las religiones”, asegura que estamos en esta vida “de visita” y está convencido de que tener presente la muerte y asumir nuestra provisionalidad, nos ayuda a vivir con mayor claridad de ideas: en el último momento, ves que “lo importante es lo que hayas dado, lo que hayas amado, la solidaridad…”. En igual sentido, asegura que “si tienes insomnio, agitación o ansiedad es porque no das lo suficiente”.

Además de recomendar a la gente a que “se anime a dar, a ser el primero en dar porque la recompensa es enorme aunque sea difícil al principio”, aconseja también buscar momentos diarios “para estar solo, para mirar para adentro” para tratar de “no dejarse arrastrar por la corriente y buscar la paz interior”, y se muestra convencido de que con eso “se evitarían muchísimos problemas psicológicos”.

“Lo importante –dice Zin- es vivir hoy, estar presente ahora; no ayer ni mañana”. Cree que casi siempre “estamos ausentes” y con la “prepotencia” de pensar que estamos “organizando el mañana”, como si eso fuera posible, y apunta que “volver al presente, vivir el momento, el día a día, baja el nivel de ansiedad y nos permite disfrutar de los pequeños gestos y regalos de la vida que, en el fondo, son los más importantes”.

En la misma línea entiende que “es muy sano y muy sabio ir ligero de equipaje” porque eso “da la capacidad para disfrutar de las pequeñas cosas”. Afirma que en Occidente “nos hemos vuelto muy vulgares y nos perdemos la poesía de la vida, porque necesitamos grandes manifestaciones para emocionarnos”, lo que no ocurre en los países pobres a los que viaja periódicamente.

Según su tesis, “nosotros les damos la ciencia, los recursos financieros, y ellos, que sí saben ser felices con poco, que no han perdido la sabiduría de lo cotidiano, nos pueden ayudar a recuperar todo lo que perdimos en pos de un desarrollo tan extraordinario como el que tenemos en los países ricos”. “Por eso abogo por el encuentro que la globalización propicia, ya que tanto ellos como nosotros tenemos mucho que ganar si nos acercamos, nos escuchamos y trabajamos juntos para terminar con la injusticia social.

A su juicio, los niños son “muy permeables” y en Occidente constituyen “el reflejo más claro del impacto negativo” que tiene nuestro modo de vida; “se les ve frustrados”, así que es nuestra tarea “abrirles a otras realidades, a otros tiempos”; “necesitan que les demos la posibilidad de otro tipo de mensajes”.

Con 18 años, Zin comprendió que su vida sólo podía tener un sentido cuando leyó un libro de filosofía oriental de su bisabuela –Julia Sanz, una española que emigró a Argentina, “una mujer superculta que en los años veinte hacía yoga y meditación”-. En él se catalogaba a los hombres en función del grado de empatía que desarrollaran hacia los demás. A él le marcó para siempre. El hombre-piedra, sólo empatiza consigo mismo; el hombre-vegetal, con su pareja; el hombre-animal, con su familia; el hombre-hombre, con la sociedad; y el hombre-Dios empatiza con todos los seres sin excepción.

Ahora, pese a los nefastos indicadores, Zin reconoce “un momento de cambio” y cree que quien se mete “en esto” es porque ve que “puede prevalecer ese Dios del ser humano”, pero entiende que él sólo puede “hacer las cosas lo mejor posible, ser mejor persona cada día” sin “esperar nada de los demás” aunque está convencido de que toda la “gente de bien” sueña con un mundo en cooperación, porque es en el que “todos ganamos”, frente al de la competencia, en el que “perdemos todos”. En el fondo, se trata de “egoístas inteligentes” que saben que ayudar a los demás trae mucha paz, como un día le enseñó el filósofo Fernando Savater.

Para Zin, es importantísimo incidir en mensajes de espiritualidad. Es una dirección que “reconforta” porque al año recibimos “seis millones de anuncios publicitarios en la dirección del egoísmo, el consumismo”. Piensa que en España hay aún “mucha gente muy deslumbrada” con los bienes materiales, aunque afortunadamente, también hay mucha otra que se ha dado cuenta de que el materialismo es “una carrera absurda” que confunde el fin con los medios.

Con respecto a las ONG, Zin destaca el trabajo de las pequeñas organizaciones porque cuanto más cerca estás del poder, más tienes que ceder y, aunque es importante que existan grandes organizaciones y valora su labor, “las pequeños son más puras porque no tienen que hacer concesiones”. “Cuando se instrumenta el cambio desde el poder, se genera pasividad, pero cuando es desde abajo, el poder real aumenta”, por eso “hay que generar una ola de autoestima y apostar por las pequeñas iniciativas”.

Probablemente, desde esa confianza en “lo pequeño” y desde su oposición a un mundo “cada vez más virtual”, escribe sus libros y crea los mensajes de su agencia de comunicación: “cuento historias de personas. Una narración en primera persona tiene más fuerza que las grandes cifras”, en el fondo porque “cuando te acercas a otro ser humano te acercas más a ti”.

“Si todos los miembros de esta familia global, nos ponemos, donde nos haya tocado esta, a trabajar en pos de una realidad más justa, el mundo no va a hacer otra cosa que cambiar, y ser finalmente ese lugar en paz que tanto anhelamos”.

Lola Bastos
La Redacción
Fundación Ananta


SUS LIBROS

La libertad del compromiso. Cambiar tu vida para cambiar el mundo
Cuenta en siete capítulos el testimonio de otras tantas personas que abandonaron su vida confortable en occidente para ayudar a los demás, a los más pobres, al margen de las grandes organizaciones. Ahora son más felices.
En un último capítulo ofrece entrevistas que mantuvo con gente que ha marcado su trayectoria, entre ellos, Ramiro Calle, Dominique Lapierre, y Fernando Savater, entre otros.

Helado y patatas fritas
Promotor de una campaña internacional contra los pederastas y de ayuda a las víctimas, este libro es el resultado de una investigación sobre el turismo sexual en Camboya, adonde acuden europeos para llevar a cabo sus fantasías con niños de cuatro y cinco años.

Un voluntario en Calcuta
Tras varios años recorriendo el mundo como periodista, Hernán Zin llegó a Calcuta para entrevistar a la Madre Teresa. Su vida cambió. Dejó el periodismo y comenzó a trabajar junto a los más pobres entre los pobres. “Un voluntario en Calcuta” recoge un conjunto de retratos, historias y reflexiones de los tres años que Zin pasó en la Ciudad de la Alegría.

Compartir la felicidad

El placer no es sino la sombra de la felicidad. Tomamos por permanente lo que es efímero, y por felicidad, lo que no es sino fuente de sufrimiento: el ansia de riqueza, de poder, de fama y de placeres obsesivos. Según Chamfort, "el placer puede apoyarse en la ilusión, pero la felicidad reposa sobre la verdad"... Quien experimenta la paz interior no se siente ni destrozado por el fracaso ni embriagado por el éxito. Sabe vivir plenamente esas experiencias en el contexto de una serenidad profunda y vasta, consciente de que son efímeras y de que no tiene ningún motivo para aferrarse a ellas. No "decae" cuando las cosas toman un mal giro y debe hacer frente a la adversidad. No se hunde en la depresión, pues su felicidad reposa sobre sólidos cimientos. La conmovedora Etty Hillesum afirma, un año antes de su muerte en Auschwitz: "Cuando tienes vida interior, es indiferente a qué lado de las verjas del campo estás (...) Ya he sufrido mil muertes en mil campos de concentración. Estoy al corriente de todo. Ninguna información nueva me angustia ya. De una u otra forma, lo sé todo. Y sin embargo, la vida me parece hermosa y llena de sentido. En todos y cada uno de los instantes.”

Nuestra felicidad necesita la de los demás ¿La felicidad sólo para uno? ¿Sería posible desentendiéndose de la de los demás o, peor aún, intentando construirla sobre su desdicha? Una "felicidad" elaborada en el reino del egoísmo no puede sino ser falsa, efímera y frágil, como un castillo construido sobre un lago helado, que se vendrá abajo en cuanto se produzca el deshielo (...)

Aunque las apariencias sean de felicidad, no se puede realmente ser feliz desinteresándose de la felicidad de los demás. Shantideva, filósofo budista indio del siglo VII, se pregunta: "Puesto que todos tenemos la misma necesidad de ser felices ¿qué privilegio podría convertirme en el objeto único de mis esfuerzos en busca de la felicidad?" Yo soy uno y los demás son innumerables. Sin embargo, para mí, yo cuento más que todos los demás. Esta es la extraña aritmética de la ignorancia. ¿Cómo ser feliz si todos los que me rodean sufren?. Y si son felices, ¿no me parecen mis propias tormentas más leves? (...)

Es esencial comprender que actuando para conseguir la felicidad de los demás se consigue la propia; cuando se siembra un campo de trigo, la finalidad es cosechar grano, pero al mismo tiempo se obtiene, sin hacer un esfuerzo especial, paja y salvado. La verdadera felicidad procede de una bondad esencial que desea de todo corazón que cada persona encuentre sentido a su existencia. Es un amor siempre disponible, sin ostentación ni cálculo. La sencillez inmutable de un corazón bueno.Extracto del libro en “Defensa de la Felicidad”. Urano 2005

* Matthieu Ricard es escritor y monje budista francés. Traductor a su idioma de la obra del Dalai Lama.

Entrañable Boff (4-5-06)

A propósito del encuentro de Fundación Ananta con Leonardo Boff

Camina siempre alegre, dejándose querer, permitiéndose acompañar y cuidar. Debe saber de la dicha de quienes le ceden el brazo y comparten su caminar ya algo ralentizado, pero siempre entusiasmado. Éste se ha ajustado al ritmo de su mirada pausada, ingeniosa, dulce…, permanentemente acosada por su pelo blanco,


Le ha fallado el fémur, pero el bastón le da un toque de consagrada maestría. Veterano peregrino en las sendas del compromiso, ahora no le detiene una pierna terca. Sigue caminando la vida una e interconectada, como no para de proclamar, tan sólo con un paso más detenido, con una fe y sabiduría plenamente colmadas. Tuvimos el placer de conocerle en el marco del Congreso de Proyectos y Utopías para un mundo mejor, recientemente celebrado en Madrid, organizado por los buenos amigos de la Fundación Valores y en el que participó Fundación Ananta.

Su testimonio vivo supera al escrito al que nos tiene felizmente acostumbrados. Podría no tener argumento, pues le basta esa melodía de voz imbuida de infinito amor y aprecio por todo lo que existe. Podría carecer de sólido discurso, le basta esa presencia serena y a la vez de rebosante de amabilidad, de simpatía y de interés por la gente que se le acerca. Pero además, le asisten todas las razones siempre contundentes, las de ayer, las de hoy sobre todo las que nos va descubriendo, siempre en punta de visiones y pensamientos. Pregona todas las nobles causas, por encima de todo la de la unidad e imbricación de todo lo existente. Ejerce lo que proclama: “una mirada encantada” sobre el mundo, siempre contagiando enamoramiento franciscano por la vida una y sus diferentes reinos.

Fue de grito en grito, siempre altavoz de los desamparados, siempre al arrimo de los desposeídos y hoy atiende también al grito Gaia: “La Tierra, también grita, grita el agua, el aire, grita la vida…”. No rehuye clamor alguno de una humanidad sufriente, pero ahora presta especial atención al clamor callado de la Madre naturaleza acosada por una cultura materialista, depredadora, insaciable.

No se concede licencia para la crítica mordaz, prefiere el argumento firme, redondo aliñado con ingeniosa ironía. Su generosidad alcanza al adversario y le lleva a subrayar sus virtudes. Sin obviar la distancia en cuestiones evidentes, de su boca escuché elogios para con el actual Papa, que ni de sus más fieles devotos. Supe de un lado más amable del que fuera cardenal de hierro descrito por su teólogo más perseguido; del salario compartido en sus tiempos jóvenes con seminaristas africanos por parte de quien después le obligara al “silencio obsequioso”; de detalles humanos del actual pontífice que sorprende escucharlos de quien fuera invitado por el entonces velador de la doctrina de la Santa Fe a sentarse en la “silla de Galileo”.

El teólogo brasileño de la vida una y entrelazada, nos ha vinculado a gentes inicialmente dispersas y desconectadas. El cristianismo vivo y la espiritualidad abierta y universal se reúnen en este hombre que ha hecho de la conciliación razón de vida. Ha tenido la virtud de unir a tantas filosofías, teologías y praxis. En el amplio, flexible y cordial espacio de encuentro, que ha contribuido a crear, se reúnen muy diferentes familias y opciones de fe.

Boff es por ello, ante todo, puente entre gentes, culturas…, vínculo entre movimientos sociales y espirituales. Su discurso sólido, visionario, amplio y generoso tumba las barreras. El concita pasado y futuro, religión y espiritualidad, pasión franciscana por la naturaleza y ciencia cuántica de vanguardia; compromiso firme con los desheredados y compromiso con todas las causas justas y nobles, teología de la liberación y ecoteología; derechos humanos y Carta de la Tierra, de la que es uno de sus más firmes defensores,…

Pese a su bastón de madera, su mente se mueve a la velocidad del rayo. Está plenamente al corriente del pensamiento de nueva ciencia y de nueva conciencia. Sus artículos semanales (servicioskoinonia.org), distribuidos por todo el mundo, pueden salir en defensa de los campesinos sin tierra del MST o reflexionar sobre la ciencia sin corazón, sobre las últimas conquistas sociales de su país, o sobre los últimos descubrimientos del ADN.

Su compromiso con los desheredados no estrecha su visión del mundo. Lejos de quedar atrapado en el esquema de confrontación de clases, su pensamiento cabalga en la ola de la historia. Busca siempre comunes denominadores, vínculos entre las voluntades más diversas, entre los puntos de vista aparentemente dispersos. Su espiritualidad es igualmente ancha, abarcante, al tiempo que profunda, conmovedora. No oculta que el tiempo de las religiones va cediendo: “Las religiones crean guerra, las espiritualidades crean paz”.

Dicen que volverá a Madrid el próximo año, a arrojar de nuevo “su mirada encantada” sobre la realidad y el mundo en el próximo Congreso de Utopías para un Mundo Nuevo, para el cuál Fundación Ananta colaborará estrechamente con Fundación Valores. ¡Gracias Boff por tu disposición, aún con tu bastón de madera, a volar para volverte a reunir con nosotros, para volver a inundar esta geografía de pasión y esperanza en favor de un mundo nuevo!

La Redacción
Fundación Ananta

Entrevista a Rafael Conca (abril 2006)

Veterano de guerra y hombre de sabiduría


A sus 90 años, Rafael Conca exhibe la paz de quien lo ha conocido casi todo, incluida la muerte en primera persona, y la alegría de quien avanza sin parar porque sabe que la felicidad, el Paraíso, está “al lado”. “Sólo la ignorancia nos impide verlo”, asegura.


Con la vista muy malograda, Conca ve más allá. Sin duda. Lo da su biografía de hombre coherente y comprometido con la unión de la humanidad. Lo da la sabiduría de quien ha experimentado que la muerte es una transición hacia un estado de conciencia superior. Lo vivió cuando fue ametrallado en la Guerra Civil.

Por eso ofreció una charla sobre el tema después de perder a un hijo, quizá la experiencia más dolorosa por la que puede pasar un ser humano. Conca defiende con una templanza conmovedora la necesidad de que nos desapeguemos de la gente que muere, porque, de lo contrario, les hacemos sufrir y no les permitimos alcanzar su destino.

En esta entrevista con Fundación Ananta, este estudioso de la Teosofía por los azares de la posguerra, cree que el Buen Samaritano está en todos nosotros aunque no siempre nos demos cuenta, y se muestra convencido de que Cristo volverá cuando estemos preparados.

Joaquín Tamames: ¿Cuáles son los grandes males que acechan hoy al mundo?

Rafael Conca: El primero de los grandes males es el materialismo, que lo abarca todo, y luego está la ambición, la indiferencia, la ignorancia… un egoísmo que nos absorbe totalmente…

JT: Quisiera hacer un matiz sobre la ambición: ¿Se puede distinguir entre una ambición positiva y una ambición excesiva que pueda llevar a la agresividad?

RC: Me refería a la ambición de poder material, económico; la ambición espiritual es muy loable y deberíamos de tenerla todos.

JT: ¿Por qué en esta época de grandes recursos económicos, mayores que nunca en la historia, la gente no es más feliz? ¿A qué se debe esta discrepancia creciente entre los medios de los que disponemos y nuestra tranquilidad, nuestra serenidad interior?

RC: No somos felices muchas veces porque no queremos. A mí me preguntaron una vez qué es lo que deberíamos de hacer para ser felices y yo pedí que nos imagináramos una humanidad unida, en donde no cabe la agresividad ni la violencia, en donde todos trabajamos para todos, que lo compartimos todo en unión total. Me respondieron: “hombre, eso sería el Paraíso”. El paraíso lo tenemos al lado, lo que pasa es que nuestra ignorancia no nos lo permite ver. Somos ambiciosos en el peor sentido y queremos que nuestro criterio siempre sea el prevaleciente. No nos esperamos a que otros expresen su opinión porque no nos interesa.

Hay terrorismo porque los terroristas están engañados y no son conscientes de que ellos son parte de lo que están destruyendo. Cuando lleguen a comprender eso no habrá terrorismo porque el amor es lo que tiene que prevalecer sobre todo el resto de los aspectos. Ahora, hay ambiciones económicas y personales, que nos llevan a la violencia porque nos desasosiegan y nos quitan la paz. .


JT: Pensadores como Aïvanhov dicen que el Reino de Dios no se debe buscar más allá de la Tierra sino que nuestra obligación es repetir abajo lo que ya es arriba. ¿Tú eres optimista sobre el progreso con arreglo a un Plan? ¿Vamos hacia delante o hacia atrás?

RC: Indiscutiblemente, vamos adelante. Si tú comparas la situación actual con la que hace 2.000 años tuvo que enfrentar Cristo, ves la diferencia tan tremenda. Si vuelve Cristo -creo que yo no lo veré pero estoy convencido de que va a volver- encontrará una humanidad totalmente distinta. Porque hay un proceso irreversible que todos conocemos pero que nadie se percata, es el aspecto evolutivo que experimenta cada ser humano, y toda la humanidad.

Esto nos tiene que llevar, a la corta o a la larga, a lo que siempre he soñado: a una humanidad unida.


JT: ¿Qué tiene que darse para que Cristo vuelva a la Tierra, para indicarnos otra vez el camino? ¿Qué podemos hacer nosotros para propiciar que esa venida sea antes?

RC: Si Cristo vino entonces, ahora puede volver y encontraría una humanidad mucho más preparada. Todos internamente sentimos el ansia, el anhelo muy fuerte, dentro de nosotros, de ser totalmente trabajadores para todos. Que todos nos preocupemos de todos. Que todos nos ayudemos a todos. Todo eso cada uno lo lleva en sí. El Buen Samaritano está en todos nosotros y surge espontáneamente, aunque a veces no tenemos el cauce adecuado para que salga.


JT: Me gustaría que comentaras qué se espera de nosotros, con nuestras limitaciones y nuestros problemas, para ayudar a Cristo a que vuelva a la Tierra a pegarnos un empujón a cada uno de nosotros.

RC: La única fórmula que tenemos es el amor. Sin amor, se pueden dar soluciones, pero no un arreglo definitivo a los problemas. Creo que Cristo esperará a que el nivel de amor de la humanidad crezca un poco, que desaparezcan los aspectos agresivos y el ambiente sea propicio para su mensaje. Lo siento internamente y pienso que nos hace falta. En los Evangelios dijo “estaré con vosotros hasta el final de la era”. Se refiere a una era astrológica, y las influencias del signo entrante son de mucha potencia y muy positivas para quienes respondan adecuadamente.

JT: Si pudieras, por decreto-ley, ¿Cuáles serían las grandes reformas que propondrías? ¿Qué eliminarías?

RC: El egoísmo y la ignorancia. Si pudiera, eliminaría la indiferencia entre los distintos estamentos. Pero entiendo que sólo es eficaz cuando lo vive cada uno. Ahora, por ejemplo quieren evitar que se fume y lo conseguirán por la fuerza de la ley, pero no por el convencimiento ni la comprensión de esa ley. Y para eliminar el egoísmo se necesitarán muchísimos años, muchas vidas.

JT: Hay un factor altamente desestabilizador: las armas. Te dejo como propuesta prohibir que se fabriquen.

RC: Si no se pueden hacer armas y no quitas del corazón y de la mente la idea de la muerte…

JT: … Los niños se inventarían nuevas armas, estoy de acuerdo…pero sería muy interesante quitar las armas. Pensar en una educación en que no exista el concepto de arma.

RC: La Educación es lo básico porque las nuevas generaciones tienen que preparar el retorno de Cristo. Lo adecuado sería preparar a los jóvenes para su lucha con la vida y, al mismo tiempo, una serie de aspectos espirituales; que crecieran con la idea de que somos hermanos.

Por ejemplo, yo percibo la agresividad de la gente cuando me tropiezo con ella sin querer –me ocurre con frecuencia porque estoy bastante ciego-, y estoy preparado para decirle: “perdón, caballero, no he tenido yo intención de molestarlo, comprendo su enfado, discúlpeme”, y a esa persona le quito así toda la virulencia que pueda tener su agresividad. Los niños deberían percibir estas cosas desde la cuna.

Es decir que si todos empezamos por decir que las cosas pueden ir mejor y que para eso hemos de cambiar de actitud; y si somos capaces de trasmitirlo a los niños, cuando crezcan tendrán una amplia reserva de enseñanzas prácticas para ser mejores y vivir en paz con los demás.

JT: La educación es clave porque podría cambiar a la humanidad en dos o tres generaciones. El problema es que estamos educando a los niños con los mismos patrones de la sociedad que vivimos nosotros: competitividad, agresividad, logro personal…

RC: A situaciones nuevas, estamos dando soluciones viejas; y eso es una especie de rueda de noria que gira sin llegar a ninguna parte. El capitalismo que no quiere compartir, o la actitud de no ceder por creernos en posesión de la verdad, crean los problemas. Habremos conseguido una gran cosa si les enseñamos a comprender que con eso no van a ninguna parte.

JT: ¿En qué ves reflejado el cambio de conciencia desde los años cuarenta?

RC: Esos años en España, la humanidad tuvo una experiencia totalmente aleccionadora de amargura y sufrimiento. Si no hubiera habido dentro de cada ser humano la visión de que lo que se estaba haciendo no era lo correcto y que a través de eso nacería el inicio de un perdón, la transición española no se hubiera efectuado. Pudo hacerse porque todos queríamos empezar una nueva era de diálogo y de libertad.

JT: Me gustaría que contaras tu experiencia con la muerte, cuando fuiste ametrallado en la Guerra Civil, en el año 36, en tu condición de soldado republicano.

RC: Esta experiencia es la que me ha hecho cambiar porque yo entonces era totalmente agnóstico; lo espiritual no me decía nada. Y cuando fui herido noté cosas que para mí eran raras. Primero sentí como una especie de impacto que me elevó por los aires sin sufrir, sin sufrimiento en ninguna parte. Luego sentí una especie de “paf”, como el ruido de un tomate maduro al caer en tierra. Y yo entonces dije para mí con toda tranquilidad: “ya me han herido”. Luego vinieron unos amigos, compañeros de trincheras y dijeron: “che, Conca está muerto, está muerto”.

Yo pensé: “pero cómo voy a estar muerto, si lo estoy oyendo”. Luego, al poco tiempo, sentí una especie de ronquido y me dije para mí: “ya estoy empezando a respirar” y me vino el dolor y empecé a chillar. Es decir que la muerte es indolora totalmente. Eso lo puedo yo garantizar. Uno puede morir de un accidente tremendo y quedar descuartizado y no sentir en absoluto ningún dolor, porque el Alma tiene sus mecanismos de defensa y el Ser no sufre. Yo por lo menos no he sufrido, y mira que tenía quince heridas, y por todas ellas me salía la sangre. O sea que, si no me cogen en aquel entonces, quizá me hubiera desangrado.

Pero hasta que no me vino el dolor de cabeza y empecé a chillar, no recobré la conciencia vigilia. En la otra conciencia yo estaba totalmente tranquilo. Cuando me ofrecieron la primera cura y me evacuaron en el camión, había una avioneta que era el terror de todos porque ametrallaba la carretera. Entonces, el camión paraba y todos se iban; los que podían, yo no podía; yo me quedaba en el camión y sentía el ruido de las balas, el sableteo ese que producían las balas en la carretera, pero con una paz y un sosiego tremendo. Yo no tenía ni ganas de huir ni ganas de morir, yo estaba fuera de todo eso. Y lo estaba viviendo como si fuera un espectador, como si fuera una película. Y no sentía en absoluto ningún temor. Eso a mí me ha hecho reflexionar mucho hasta llegar a donde he llegado. Hasta que yo no recobré la conciencia del dolor, yo estaba totalmente ajeno a la tragedia que estaba viviendo, si es que a eso se le puede llamar tragedia. Cuando me vino el dolor, mi comentario interior fue “madre mía, yo este dolor no lo quiero ni para Queipo de Llano”.

JT: Es muy importante todo esto en relación con la reencarnación. ¿Cuándo empezaste a ser consciente de la reencarnación?

RC: Yo asumí totalmente la reencarnación en la época de la posguerra, cuando me escondí en una masía propiedad de la Sociedad Teosófica, de la que mi padre era el administrador. Él tuvo que exiliarse porque era socialista, masón y espiritista. Yo, que era socialista, me escondí allí por indicación de mi madre y, siendo agnóstico, encontré mucha literatura teosófica, de la que pude extraer aquéllo que yo pude relacionar con mi experiencia de cambio de conciencia entre el momento en que me hirieron y el momento actual.

Allí asumí totalmente la realidad de la reencarnación. Y eso es lo que me ha explicado también por qué yo no tenía miedo, por qué yo vivía en esa paz cuando me hirieron. Eso también incidió en mi modo de vivir la muerte de mi hijo, que mi esposa no podía asumir, y aquéllo me empujó a dar una charla.

JT: Cuéntanos aquella charla sobre la muerte

RC: Hablé sobre lo que para mí significaba la muerte, también a través de lo que había leído en libros de teosofía y del maestro Tibetano. Expliqué que es algo que ha preocupado a la humanidad desde hace centenares de siglos. Para muchos, es un acabose total, tienen miedo de morir porque no saben si después habrá algo más. Y ese miedo te hace rechazar de plano toda la teoría que se ha fabricado sobre la reencarnación. Expliqué que la muerte es algo que estamos practicando constantemente: yo me moría y volvía porque necesitaba más; el alma es la que me daba el impulso de renacer. Defendí que deberíamos de estar más abiertos a estas teorías, y ver qué nos podían traer de bueno o de malo. Mi dirección era clara y concisa y pude explicar a mi mujer que nuestro hijo no estaba en la ejecución que ella creía; que lo que pasaba con ella era que estaba muy apegada a su hijo, y que eso era lo que le hacía sufrir, y no la muerte en sí. Ella no lo entendía y me llamaba “mal padre” llevada por su desesperación, hasta que poco a poco se fue tranquilizando.

JT: ¿Cómo sería el mundo si todos creyéramos en la reencarnación?

RC: La gran consecuencia de la reencarnación sería perder el miedo a la muerte. No es que exista otra vida, lo que existe es una continuación de la vida; la conciencia está en un momento determinado activa en el plano físico y, cuando uno se muere, sigue estando activa en otro plano, en otro nivel, sin rompimiento de una a otra. El que es consciente, en la otra vida continúa su trabajo de ayuda, y el que no, continúa su rutina de vida.

JT: Para nuestra alma, la muerte es una liberación porque te vuelves a encontrar con tu ser primordial, con tu espíritu. ¿Qué podemos recomendar a la gente en duelo que, por su tradición católica no entiende la reencarnación?

RC: Yo les recuerdo que si sufren, hacen sufrir al que se va, porque el que se ha ido conserva todas sus facultades, lo que pasa es que tú no lo oyes ni lo ves porque no has despertado en ti todavía los sentidos astrales, los sentidos ocultos que te pondrían en relación con él, pero llegará el momento que sea posible. Una cosa puedes tener bien cierta: que si tanto quieres al que se ha ido, deja de sufrir, y deja de pensar en él, déjale que se vaya libre, porque mientras tú sufras, estará pendiente de ti y estarás poniéndole obstáculos. Y eso no es bueno ni para el alma ni, mucho menos, para ti.

JT: Hablemos de la meditación y de la oración como actividad de servicio.

RC: La meditación, para mí, además de mi elevación espiritual, es una forma de fomentar internamente el amor a los demás, de fomentar internamente también el anhelo de servir a los demás sin esperar, pedir, ni recibir nada a cambio. Cuando uno medita, rompe todas las fronteras y se sitúa en un plano en donde todo es energía. Yo, por ejemplo, intento abstraerme de todo lo que me rodea, me centro en el pensamiento que tengo que desarrollar y eso me lleva a un estado de conciencia distinto al que tenía cuando empecé a meditar.

Internamente yo siento más amor y más paz. Y proyecto también pensamientos de amor a todo lo que me rodea y a toda la humanidad en la que yo estoy incluido. Y al mismo tiempo imagino positivamente situaciones de paz, por ejemplo, una humanidad unida. Yo imagino a las Naciones Unidas, que celebren una cumbre en el momento en que ya el amor ha encontrado eco en los seres humanos, en donde cada nación expresa sus necesidades y su voluntad de ser uno solo con los demás. Cuando eso se llegue a conseguir, no habrá guerras. Cuando se pueda celebrar esa cumbre, con seres humanos con un aceptable nivel de amor, se llegará al acuerdo de pasar página a los resentimientos, y todos pondremos al servicio de todos toda nuestra producción.

JT: Hablas de un planteamiento muy hermoso, sin “mío” ni “tuyo”, es el comunismo en su raíz más pura. ¿Cómo podemos romper esa esclavitud que constituye el amor por el dinero?

RC: Creo que la raíz de muchos problemas es el amor al dinero y el amor a la vida material, a la vida física. Cuando ese amor se rompa o desaparezca, la convivencia será una realidad. Cuando se ama al dinero y se retiene para uno lo que se recibe, viene el conflicto. Pero si yo recibo y al mismo tiempo doy una parte igual a la que recibo, se está creando un intercambio que hace que lo tuyo y lo mío no exista ya. Eso es lo que decías tú de los comunistas. La sociedad no ha digerido aún el comunismo, que es el dar y servir a los demás sin esperar nada a cambio.

JT: ¿Qué recomendaciones podemos hacer a los jóvenes?

RC: Uno de mis nietos, cuando tenía cuatro años, le preguntó a su padre cómo se podía construir la paz, y su padre me lo mandó a mí. Yo le dije que no riñera nunca con sus amigos, y que evitara el enfrentamiento, que si él no pegaba a nadie ayudaba a construir la paz. Si ese niño de forma espontánea hizo esa pregunta, cuántos otros niños habrá que quizá tengan ese mismo nivel evolutivo y piensen en lo mismo, en cómo vamos a construir la paz. Se construye no riñendo ni ambicionando lo que los demás tienen.


JT: Como conclusión diría que fuiste muy afortunado de ser ametrallado en el año 36.

RC: Sí, gracias a eso he llegado a donde estoy. Es más, fíjate, otra cosa: cuando estaba oculto, escondido, porque venían por mí en la posguerra y tropecé con estos libros, yo hice internamente la petición de que me vinieran todas las calamidades durante la vida activa, pero que tuviera una vejez tranquila. Ha sido así: he tenido una vida borrascosa en el mejor sentido del término, por lo que he tenido que trabajar, incluso noventa horas a la semana, para poder comprar un kilo de harina y medio litro de aceite, y ahora, en la vejez estoy, en comparación con aquello, nadando en la abundancia.

Irán, negociar, bombardear... (20-4-06)

Por Darío Valcárcel

En los últimos doce días la Casa Blanca ha sostenido posiciones contradictorias ante el pleito nuclear con Irán. Voces próximas al presidente Bush y al vicepresidente Cheney han insinuado la posibilidad de una intervención militar. De inmediato, el presidente ha rectificado. Estados Unidos no considera por ahora esa eventualidad. Luego, el martes 18 Bush vuelve a afirmar: todas las posibilidades están abiertas.

La línea cambiante, aun revestida de rotunda retórica, revela inseguridad. Negociar no excluye la guerra, pero exige condiciones y plazos pactados con los aliados. En Washington hay sin embargo amigos de la guerra, gente que nada arriesga y tiene mucho que ganar, lobbies no registrados. Esos belicistas desconocen el campo de batalla y sus reales desastres: ignoran a los heridos, físicos y/o mentales, aquellos que ya ninguna noche olvidarán la guerra. Esto no es vano pacifismo. El Papa Benedicto XVI, poco inclinada a intervenir en asuntos ajenos, ha sentido el deber de levantar la voz el domingo de Pascua para defender la vía diplomática ante crisis nucleares, en clara referencia a Irán. Su autoridad moral pesará.

Richard Haass, responsable de la planificación estratégica del Departamento de Estado bajo Colin Powell, cree que un ataque preventivo a Irán desencadenaría demasiadas consecuencias negativas (FT, 12 abril). No es posible lograr en esa región un conflicto limitado y rápido. El desengaño de América en Irak ha sido amargo. En Irán sería peor. La destrucción de las instalaciones iraníes requeriría un gran despliegue aéreo y misilístico, difícil de imaginar si el organismo de la energía atómica, el OIEA, dependiente de las Naciones Unidas, no da un veredicto terminante. Y no parece que por ahora lo vaya a dar. Al ataque aéreo debe seguir la invasión terrestre. Puede haber efectos no deseados. Los iraníes, hoy divididos, irían a una unión sagrada.

La esperanza de llegar a algún acuerdo con Teherán es modesta pero permanece: Nueve países tienen hoy la bomba. Si Irán da el paso, iríamos a 20 o más estados nucleares, una situación para la UE incontrolable. Los chinos y rusos colaborarán con los europeos: pero no admitirán un ataque militar. Una vez más el mundo se preguntaría si un gran país con el 4,7 por cien de los habitantes del planeta puede decidir en solitario sus intervenciones armadas sin mandato del Consejo de Seguridad.

El conflicto cambia cada día. La confianza de la Casa Blanca en la UE es limitada. Aunque por ahora permita a Bush no intervenir. La Unión no ha logrado resultados aún, pero la negociación sigue abierta. Irán insiste en su derecho a enriquecer uranio, un proyecto que puso en marcha el Sha, hace 35 años, con respaldo de EE.UU. Estamos ante un juego sutil, lleno de significados dobles, propósitos no confesados. El objetivo del responsable de la política exterior de la UE, Javier Solana, no es sin embargo confuso: convencer al consejo de clérigos del peligro que Irán puede correr por su ambigüedad.

Las fuerzas terrestres americanas seguirán cogidas, quizá durante años, en Irak. Apenas conocemos cómo decide en estos meses la cúpula del Pentágono. Pero sabemos que las fuerzas de tierra necesarias para una eventual invasión de Irán no pueden improvisarse. La capacidad de movilización de Estados Unidos es muy alta. Pero es necesario un estado de guerra verdadero, una causa justa para movilizar a los ciudadanos. No olvidemos el proyecto de varios senadores, procesar a Bush por haber lanzado a su país a una guerra sobre bases falsas.

En 2001, EE.UU. había retirado a sus servicios de inteligencia de Teherán, después de traspasar sus redes iraníes a británicos, franceses y alemanes. Tercero o cuarto productor de petróleo, Irán tiene las segundas reservas de gas del mundo. La presión bélica, teme Haass, llevaría al barril a 100 dólares. Las reservas almacenadas por las naciones industriales no permitirían enfrentar una recesión mundial.

"La única libertad es la del desapego"

Entrevista a José Luis Gómez (EL PAÍS - Cultura - 27-03-2006)

ROSANA TORRES - Madrid

En 1970, el mundo del teatro español se convulsionó con la aparición de un actor y su espectáculo basado en Informe para una academia, de Franz Kafka. Era José Luis Gómez (Huelva, 1940), quien ahora vuelve con el mismo texto al Teatro de la Abadía, de Madrid, a partir del próximo jueves, día 30.

Aquel joven era excepcional desde el punto de vista escénico y biográfico. Había vivido en su Huelva natal y de 1960 a 1964 se formó en el Instituto de Arte Dramático de Westfalia en Bochum (Alemania Federal) y en la mítica escuela de Jacques Lecoq en París. De 1964 a 1970 recorrió como actor y mimo los principales teatros germanos y prestigiados festivales europeos... hablando en alemán.

Han pasado treinta y seis años y aquel mono (término con el que la profesión teatral conoce el montaje de Gómez de la obra de Kafka) aún hoy pertenece al imaginario colectivo del público de entonces. El que veía teatro comercial y el del teatro independiente. "Yo he sido el primer sorprendido del impacto que causó, el montaje sigue grabado como a fuego en la memoria de mucha gente, y lo hizo un muchacho que volvía a su país y quería decirle a sus padres que no había perdido el tiempo", dice.

Ahora, Gómez tiene 65 años y se ha convertido en uno de los grandes e incuestionables actores y directores del teatro europeo, que en la última década ha elegido dejar sus energías en el Teatro de la Abadía de Madrid, un proyecto convertido en centro de formación y exhibición de espectáculos.
Su nuevo Informe... tiene una estructura escénica distinta, tres nuevos textos de Kafka relacionados con Pedro el Rojo, el simio protagonista de la obra, y colaboraciones como la de Iñaki Gabilondo y Wolfger von Pöhlmann. Y lo más importante, un actor que ahora ya sabe lo que es la libertad.
"La única parcela de libertad que puede conseguir una persona que vive en sociedad es un desapego profundo hacia las cosas materiales, emocionales..., y lo digo incluso en el sentido cristiano y budista de la palabra; la única libertad es la del desapego", sostiene Gómez, que hace años anda a vueltas con teorías tibetanas, budistas, taoístas o cristianas: "Tienen que ver con el trabajo interior y con la concentración, algo muy relacionado con el trabajo de un actor".

También confiesa que los grandes temas que reconoció en 1970 en el Informe, como libertad y opciones en la vida, eran conceptos abstractos: "Ahora son cosas vividas", apunta Gómez, que no dudó en retomar su mono cuando supo que la hermana de Kafka dijo que Informe... era una metáfora sobre el precio que un judío tenía que pagar para ser asimilado, "lo que comporta una pérdida del origen", añade el actor.

El protagonista de la obra es un simio que tras ser capturado se encuentra en la disyuntiva de elegir ir a un zoo o dedicarse al teatro de variedades. Opta por lo segundo y cinco años después cuenta ante ilustres académicos a qué ha renunciado para convertirse en hombre. "También es una reflexión sobre el oficio del teatro y sobre algo que afecta a quienes sufren procesos de asimilación, siempre dolorosos, como los emigrantes, como casi todos", dice de este relato llevado a escena en muchas ocasiones, "pero la gran metáfora de la obra, que trasciende la vivencia íntima, es que Kafka muestra la opción elegida como descorazonadora y yo no lo vivo así, incluso al contrario de lo que dice Sartre, yo creo que el paraíso está en los otros o con los otros", apunta.

Hoy ya no tiene nada que ver con aquel joven un poco airado, hiperenergético y que también pagó un alto precio: "Ahora no sé si soy un mono viejo, pero en los últimos años he llegado a un altísimo grado de contentamiento..., con el entorno", concluye.


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