En este número, la búsqueda de la humanidad en pos de la síntesis se enfoca desde diversos ángulos. En el pasado, hemos visto la tendencia de las religiones a proclamar que ellas son la Única Fe Verdadera, o que tienen acceso al Dios Único y Verdadero. Y en el presente, parece que la ciencia ha cogido el relevo en este intento por presentar una descripción comprehensiva de la realidad, con la búsqueda de la Teoría de Todas las Cosas. Pero puede que la imagen sea a la vez más simple y más compleja de lo que cualquiera de estos enfoques esté dispuesto a admitir. ¿No podría ser que las distintas fes existan para alimentar las necesidades espirituales de distintos tipos de persona, ofreciendo múltiples senderos hacia lo Divino? Y no podría también suceder que cada una de las múltiples teorías, tanto científicas como filosóficas, que buscan describir lo Real, esté incompleta sin todas las demás? El intento por identificar la Única Teoría Verdadera es, con toda certeza, una respuesta intuitiva a la síntesis subyacente que reside tras toda forma. Esta síntesis está arraigada en el reino abstracto del Espíritu, lo que explica por qué no puede nunca reducirse a una forma única; más bien, cada forma de pensamiento, cada teoría o ideología, es un nuevo intento de capturar algún aspecto de lo Real.

La dificultad de la humanidad ha sido, y sigue siendo, la tendencia a identificarse con una forma de pensamiento, excluyendo a todas las demás. Una de las más perniciosas de estas es la idea de que la satisfacción de las necesidades materiales constituye el principio y fin de toda existencia. El ideal de un Bien Común es entonces sacrificado en el altar de la codicia egoísta de los individuos, a medida que cada hombre lucha por agarrar su parte de los limitados recursos físicos del planeta. Este es el callejón sin salida del materialismo, que ha conducido a la humanidad a la grave crisis económica y ecológica actual. A la humanidad, el ideal de un Bien Común, de una verdadera Mancomunidad, se le hará huidizo hasta que no exista una voluntad genuina, no sólo de reconocer nuestra interconexión radical, sino de poner en marcha los arreglos sociales y económicos que respeten esa interconexión.

Otro área en la que la búsqueda en pos de la síntesis se ha perdido un tanto es la del mundo legislativo, donde el creciente intento por abarcar todas las situaciones posibles a través de la ley, mediante la extensión de normas y reglamentos, es otro ejemplo de formas multiplicándose incesantemente sin capturar su esencia o espíritu. También existe una tendencia relacionada con esto, propiciada por el fácil acceso a información y entretenimiento a través de Internet y de otros medios electrónicos, de permitir que la mente se disperse en una multitud de direcciones, en lugar de reposar sobre los principios clave que podrían formar la base de una sociedad justa. De nuevo, es la forma, más que el espíritu, lo que adquiere protagonismo. La clave de liberar la mente humana de la esclavitud de la forma reside en el corazón –porque sólo la compasión por nuestros semejantes puede proporcionar el fuerte incentivo necesario para dirigir las energías de la mente hacia el servicio a la totalidad. Sólo entonces puede atravesarse el velo de la forma, para revelar la esencia unificadora que es el verdadero objetivo de la búsqueda en pos de la síntesis.

La tragedia de los comunes

Lo que es común al mayor número es a lo que menos cuidados se presta” (Aristóteles)

Es probable que, en la larga historia evolutiva de la raza humana, pocos períodos hayan sido más difíciles que éste que hoy vivimos. Las dificultades que han surgido se deben a que la consciencia humana está despertando a un ritmo muy rápido, incluso exponencialmente. Esto es bueno, y estaba destinado a pasar. Pero un crecimiento tan veloz de la mente crítica presenta exigencias retadoras –política, económica y psicológicamente. En los últimos quinientos años se ha producido un aumento significativo de la asertividad, el egoísmo y la competividad humanas, conduciendo a un conflicto y lucha crecientes por todo el mundo. El problema aumenta debido al deseo humano de ejercer un estilo de vida consumista que ha generado una elevada demanda de los recursos comunes del planeta.

Los reinos mineral, vegetal y animal se han sustentado mutuamente con éxito durante millones de años y se han convertido en una base sólida para sustentar la vida humana. Sin embargo, a medida que los seres humanos han evolucionado en inteligencia, han empezado a tomar lo que necesitaban de los reinos inferiores –para alimentación, vestimenta, alojamiento, etc.- pero, en su mayor parte,  aportando poco para ayudar a sustentar estos reinos. A medida que la consciencia humana ha evolucionado, se ha alejado más y más de la cualidad común de la naturaleza de sustentarse a sí misma. Hemos llegado a pensar que la naturaleza existe para que los humanos la exploten. A medida que esta actitud imperiosa se ha desarrollado en el hombre, le ha llevado a pensar que tenía “derecho” a usar los recursos de la naturaleza como mejor le pareciese. El concepto de “libertad de explotación” se convirtió en guía; un ideal que en la actualidad es fuertemente sustentado.

Esforzarse y luchar por la libertad es un gran camino espiritual a seguir, y es una actitud relativamente nueva que es vista con gran complacencia por los guías espirituales del mundo. La lucha por la libertad conducirá eventualmente a la humanidad al siguiente reino de la naturaleza –el Reino de Dios o el reino de las almas. Pero la libertad tal y como se interpreta hoy (enfocada principalmente en el plano material) conduce a problemas en las relaciones humanas; y está directamente relacionada con el uso o abuso humano de nuestros recursos comunes. De hecho, esta noción de libertad es frecuentemente la causa de la tragedia de los comunes.

La tragedia de los comunes es una expresión acuñada por el biólogo Garrett Hardin, en 1968. La parábola clásica que empleó concernía compartir un prado común para apacentar el ganado. El prado se mantenía si sólo se empleaba para un número determinado de ganado. Pero si uno de los ganaderos aumentaba su ganado en siquiera una vaca, podía desencadenar una reacción en cadena entre los restantes ganaderos que, en su propio interés, añadirían a su vez más vacas a sus ganaderías. Eso conduciría a la tragedia de un pasto excesivo y a la destrucción de la sostenibilidad del prado.

Hardin resumía el problema: “ahí reside la tragedia. Cada hombre está encerrado en un sistema que le empuja a aumentar su ganado sin límites –en un mundo que es limitado. Ruin es el destino al que los hombres se apresuran, cada uno persiguiendo su propio interés en una sociedad que cree en la libertad de los comunes” (1968).

En esta sencilla parábola, la tragedia sucede cuando un ganadero cree que tiene “derecho” a añadir más vacas a su ganado, porque le resultaría beneficioso hacerlo. Cree que debería ser libre de aumentar sus beneficios. Eso sería, sencillamente, un buen negocio. Por supuesto, si los demás ganaderos que también comparten el prado común exigiesen el mismo “derecho”, entonces el resultado sería inevitable: el eventual agotamiento del terreno de pasto limitado. El resultado no sólo sería trágico, sino que también habría una pérdida de libertad. Él y los demás ganaderos ya no tendrían la libertad de disponer del terreno de pasto común.

Aunque no es más que un pequeño ejemplo de lo que podría suceder dentro de los límites de un recurso común, trae a colación el dilema moral al que frecuentemente se enfrenta la humanidad en situaciones parecidas por todo el mundo. ¿Es moralmente correcto que un individuo, un grupo, una corporación, una nación, exploten un recurso sin considerar el efecto que sus acciones podrían tener a largo plazo sobre otros que dependen del mismo recurso?

Un ejemplo atroz de esta cuestión moral tuvo lugar en el siglo XIX en América, donde enormes manadas de búfalos recorrían las llanuras occidentales. Eran un recurso común de alimento y vestimenta para muchas tribus indias de la región. Los indios mataban sólo lo que necesitaban para sobrevivir, dando a las manadas tiempo para reponerse. Pero con la llegada de cientos de cazadores de búfalos del Este –espoleados por la elevada demanda de pieles de búfalo de la industria de la moda– la supervivencia de las manadas empezó a peligrar. Miles de búfalos eran sacrificados sólo por sus pieles; la carne y huesos se pudrían en las llanuras. Había nula preocupación por las necesidades básicas de los Indios. Para los cazadores, el búfalo era un recurso gratuito. Pronto el búfalo prácticamente desapareció y, con él, un recurso sustentador de vida para las tribus indias.

Hoy, semejante explotación egoísta de un recurso consumible sería impensable e incluso criminal. Pero todavía sigue pasando con otros recursos internacionales como algunas zonas de pesca oceánicas. El otrora abundante bacalao del Atlántico y el salmón salvaje casi han desaparecido debido a un exceso de pesca realizado por barcos de arrastre comerciales. Un destino parecido aguarda a ciertas especies de ballenas. Los intereses corporativos pueden ser tan egoístas como los intereses personales del individuo, pero a una escala mucho mayor y con unos efectos aún más devastadores. Se han redactado tratados internacionales para proteger los recursos de una explotación egoísta, pero las complicaciones surgen al tratar de poner en vigor estos tratados. El interés propio de las naciones frecuentemente bloquea cualquier intento de sanciones o castigos.

El desafío de enfrentarse al poder de los intereses personales alcanza su máxima dificultad cuando se trata de la gestión equitativa de un recurso común. Es difícil porque suele requerir que todos los usuarios del recurso adopten un nuevo esquema mental, una nueva forma de pensar respecto a la manera más justa de gestionar un recurso limitado.

En la actualidad, la mente humana ha evolucionado hasta volverse sumamente activa y creativa; es capaz de comprender cuestiones a gran escala. Este impulso elevado y expansivo del individuo es bueno y necesario. Pero también tiene sus desventajas: un ser que está despertando es más exigente en cuanto a que se escuche su voz y sus ideas. El ser individualizado siente que tiene derecho a elegir la mejor manera de obtener su porción de la buena vida. Como consecuencia, se enfatiza la ganancia a corto plazo sobre el interés a largo plazo para sustentar el recurso.

Pero aunque la mente esté ahora sumamente activa, lo que a menudo nos falta en esta búsqueda de lo bueno es una cualidad particular del corazón que equilibre el autointerés de la mente, una cualidad que condicione a la mente a pensar de forma distinta, permitiendo al individuo reflexionar y razonar desde una perspectiva nueva y más inclusiva: colocar el interés del recurso en primer lugar, antes del interés personal. Para muchos, esto requeriría un enorme salto de consciencia. Y cuando un recurso  común acaba en tragedia, la causa es frecuentemente la incapacidad de dar ese salto.

Cuando la mente no ha dado o no puede dar ese salto en la consciencia, la gestión de un recurso tiene que establecerse con negociaciones de algún tipo. Hay que establecer normas, definir límites, elegir inspectores que supervisen el recurso, determinar mecanismos de resolución de conflictos, etc. (Elinor Ostrom, junto con otras personas, ha realizado estudios y análisis de este tipo de casos, en el libro “Governing the Commons” (1990)).

La capacidad y la voluntad de la humanidad para negociar el uso de común bienes comunes está siendo puesta a prueba en la cuestión del cambio climático. El bien común en este caso es, por supuesto, el aire, el agua y la tierra de todo el planeta. Lo que está en juego es la salud, el bienestar e incluso la supervivencia de millones de personas en la tierra. Cuando tratamos con la economía de naciones y de corporaciones globales, los intereses propios llevan las riendas. Las decisiones suelen basarse en aspectos políticos y en la competencia y no en lo que sería moralmente correcto para todo el planeta. Pero nos enfrentamos al mismo dilema a escala planetaria que el ganadero con el terreno de pasto: dejar que reinen los intereses personales o esforzarnos por ejercer más autocontrol sobre el deseo humano de beneficiarse a corto plazo, a expensas de la sustentabilidad de la tierra.

En última instancia, el hecho de que un bien común se mantenga adecuadamente para servir a una necesidad humana o se explote para obtener beneficios personales y por ende acabe en tragedia, no depende tanto de adoptar una lista de normas y reglamentos; depende de actuar en un estado de consciencia despierta. Cada lucha con la administración de un bien común –como se ha visto recientemente en la conferencia de Naciones Unidas en Copenhague el 2009  sobre el cambio climático– parece una prueba para ver si los seres humanos están preparados y dispuestos a adaptarse a la nueva consciencia Acuariana de compartir, buena voluntad y servicio abnegado. A primera vista, el resultado de Copenhague parece sugerir que siguen imperando los interese personales. Sin embargo, un análisis más profundo revela que ahora se evidencia también un estado de consciencia despierta. El hecho de que muchos de los representantes de todos los países del mundo se reunieran debido a una preocupación común por el cambio climático mundial (un bien común mundial) demuestra que está apareciendo una capacidad mental global. Indica que los seres humanos están empezando lenta pero seguramente a reconocer y adaptarse a la consciencia Acuariana de compartir y buena voluntad. Y allí donde los valores espirituales Acuarianos influencien la administración de los bienes comunes –local o mundialmente– veremos buena salud y sostenibilidad, y se evitará la tragedia.

BUENA VOLUNTAD ES… una expresión viva de síntesis.

La mente no dispersa

Distraído de la distracción por la distracción
Repleto de imaginaciones y vacío de significado
Burnt Norton TS Eliot

El ritmo de la vida se está acelerando. Ciertamente, parece haber un deseo insaciable de acelerar constantemente la velocidad del cambio. Los cantantes de pop y otras estrellas son famosos durante un año o dos y después desaparecen de vista, a medida que crece el apetito del publico por la novedad en sí. Los aparatos nuevos se convierten en historia tan pronto como aparecen, y comienza la especulación sobre la siguiente versión. Este apetito por lo nuevo tiene cierto aire desesperado –quizá es un intento de compensar por la creciente destrucción de certezas económicas, religiosas y políticas. Sea cual se su origen, este apetito contribuye a dispersar la atención; otra fuente es la proliferación de canales de comunicación –email, mensajería instantánea, SMS, etc. etc.- con la consiguiente oportunidad de charlar sin fin acerca de todo lo nuevo bajo el sol. Esta dispersión de la atención puede parecer relativamente inocua, pero oculta un peligro sutil: puede socavar la capacidad de la humanidad de enfocarse, y de tomar decisiones inteligentes sobre las muchas dificultades a las que nos enfrentamos a medida que entramos en una nueva era.

Por eso existe una preocupación creciente de que la consciencia humana se está extendiendo en demasiadas direcciones a la vez, conduciendo a una distracción crónica. Esta dispersión de la atención tiene lugar no sólo en tiempo de ocio, sino también durante el trabajo. Cada vez está más aceptado que el ejercicio de tareas mentales complejas, como la programación informática, resulta severamente impactado por las interrupciones. La multi-tarea está empezando a parecer un mito, o al menos sobrevalorada. Las investigaciones indican que cuando la gente intenta ejecutar dos o más tareas relacionadas, bien al tiempo, o alternando rápidamente entre ambas, los errores aumentan, y se tarda mucho más tiempo en acabar los trabajos que si se realizan secuencialmente. Incluso los jóvenes, que han crecido con ordenadores y teléfonos móviles, no son tan buenos en multi-tareas como creen. Un artículo en la revista TIME, reflexionando sobre la experiencia de los educadores con los cambios en las capacidades de los jóvenes, sugiere que, aunque sus capacidades para acceder a información, especialmente en forma visual, han aumentado, existe también evidencia de que su tolerancia hacia la ambigüedad y la complejidad está decreciendo. En la revista Wired, el autor Nicholas Carr cita evidencia de estudios que sugieren que el uso regular de Internet ‘re-cablea’ el cerebro sorprendentemente deprisa. Carr observa que en un artículo de Science publicado a principios de 2009, la conocida psicóloga Patricia Greenfield revisó más de 40 estudios sobre los efectos de diversos tipos de medios de comunicación en la inteligencia y la capacidad de aprender. Concluyó que “todo medio desarrolla ciertas habilidades cognoscitivas a expensas de otras”. Nuestro empleo creciente de la Red y de otras tecnologías basadas en la pantalla, escribió, ha conducido al “extendido y sofisticado desarrollo de capacidades de visión espacial”. Pero esos beneficios van mano a mano con una disminución de nuestra capacidad para el tipo de “procesamiento profundo” que cimienta “la adquisición consciente de conocimiento, el análisis inductivo, el pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión”.

De manera que para que el mundo no se convierta en un tiovivo de feria que ha perdido el control, lanzando la atención a la periferia, lejos de los asuntos más importantes de la vida humana, necesitamos aprender (o re-aprender) la capacidad de centrar nuestra atención en estos asuntos perennes de profundo significado que residen en el centro de la civilización. En el pasado, la ortodoxia establecida en política, religión y cultura ayudó a anclar y dirigir este proceso, pero a medida que estas ortodoxias se erosionan, la humanidad se enfrenta a la difícil tarea de crear nuevas formas de expresar ideas centrales como Bondad, Verdad, Justicia y Belleza. Las antiguas ceremonias y rituales que daban significado colectivo a la vida deben ser nuevamente forjadas en los fuegos de una mente iluminada y compasiva, una mente que no esté “repleta de imaginaciones”, sino inalterablemente fija en desvelar el Sol de Significado. Esto quiere decir que debemos dar tiempo y prioridad a la meditación, en sus múltiples formas. Aquietar la mente, o más bien vaciarla de imaginaciones, es sólo el primer paso en la meditación, aunque a veces se confunda con su único fin. Para que la mente alcance su verdadero potencial como intermediaria entre la Divinidad y la humanidad, debe utilizarse activamente para contactar Ideas Divinas, y para crear después las formas de pensamiento a través de las cuales estas Ideas pueden expresarse. Este es el proceso mediante el cual las grandes obras de los genios de cada campo –ciencia, educación, política, las artes, la religión, etc.- han emergido siempre. Encontrar formas de alimentar este proceso en todos los campos y de proteger nuestras mentes de la atracción de las distracciones, constituye una necesidad clave para el mundo.

Vea también http://www.wired.com/magazine/2010/05/ff_nicholas_carr/all/1

 La búsqueda de la partícula-Dios

La naturaleza simbólica del Gran Colisionador de Hadrones en CERN

Una de las cosas más predecibles que hace un bebé cuando se le dan objetos es golpearlos entre sí tan fuerte como puede para ver qué pasa. Además de ser un proceso de aprendizaje elemental, si nos guiamos por los gritos de disfrute que lo acompañan, debe ser muy divertido. Así, podríamos argumentar que los físicos en CERN (la Organización Europea para la Investigación Nuclear) tienen el mejor trabajo del mundo –golpear partículas entre sí a una velocidad cercana a la de la luz– para ver qué pasa.

Con un peso superior a las 38.000 toneladas y una circunferencia de 27 kilómetros, el Gran Colisionador de Hadrones es el acelerador de partículas mayor y de más energía del mundo. Que algo tan grande y complejo como el Colisionador de Hadrones se haya construido para investigar algo tan pequeño y simple como un partícula fundamental, proporciona un interesante símbolo del desarrollo intelectual de la humanidad y del coloso en el que puede convertirse el intelecto antes de ser iluminado por la luz simplificadora de la intuición.

Aunque las proezas del intelecto humano son como para celebrarse, el siguiente paso adelante evolutivo lo verá convertirse en una herramienta de la intuición más que en un principio gobernante en sí. El intelecto es un diseccionador, manipulador y re-ordenador de la sustancia mental, emocional y física que compone el campo de conocimiento, del que él mismo forma parte integral. Por esta misma razón, no puede percibir por qué la materia en la que está inmerso se comporta como lo hace –los secretos de la causalidad operan a niveles más sutiles que los de la realidad. Así que, mientras un colisionador de partículas va creando cada vez más ‘partículas fundamentales’ (sic) a partir de las que golpea entre sí, de acuerdo a su tamaño y poder, el intelecto que procesa la información obtenida creará, correspondientemente, teorías cada vez mayores y más complejas para acomodar a estas partículas y su comportamiento.

Los medios de comunicación están ya informando de lo siguiente:

“Sorprendentemente, parece que la naturaleza produce más deshechos de cada colisión de lo que se esperaba… sin embargo…algo totalmente inesperado podría descubrirse… podríamos descubrir que los quarks están hechos de algo más pequeño o que existe una nueva fuerza fundamental de la que no sabemos nada”.

Una de las principales tareas del Colisionador de Hadrones es buscar el elemento perdido en el exótico zoo de partículas que ha descubierto hasta ahora.  A éste se le ha puesto el mote de “partícula-Dios”. Esta partícula ausente es tan importante para unificar el modelo convencional del universo, que se le ha dado un estatus semejante al de Dios en el mundo de la física teórica. Se piensa que dota al universo con la propiedad de masa, fundamental para el acto de la Creación y de la vida tal como la conocemos.

Por supuesto, la búsqueda de la totalidad y unidad por medio del descubrimiento de una partícula de materia tiene pocas probabilidades de dar frutos en el ilusorio campo del conocimiento, donde la separatividad y la división son la norma. Desde el ángulo de la filosofía espiritual, este constante pelar de las capas de la cebolla para revelar todavía más capas seguirá ad infinitum –o al menos hasta que el concepto del éter sea reintroducido en el pensamiento científico. Sin embargo, la noción del éter como medio sustancial subyacente al universo manifestado es el polo opuesto del actual modelo de un zoo cada vez mayor de partículas de comportamiento extraño que giran en el vacío. Aunque esta última perspectiva simboliza la inclinación natural del intelecto hacia un pensamiento divisorio, la intuición abarca, de forma natural, la idea del éter como un campo unificado de relación e interconexión.

Aquí tenemos simbolizada otra faceta del estado actual de consciencia de la humanidad. Porque así como la ‘fragmentación’ del éter subyacente es el resultado de la actividad de un acelerador de partículas, la ‘fragmentación psicológica’ es el resultado del ritmo acelerado de la vida moderna en el campo del conocimiento. Aunque nadie acusaría a un físico teórico de tener una mente dispersa, existe una dispersión de la atención de la humanidad en general a medida que salta de la distracción de un extracto de información estimulante al siguiente, ajena al Sol de Significado que brilla constante desde el reino interior de las causas. Esto ha sido explorado en el artículo anterior, “La mente no dispersa”.

Aunque la física teórica de energías superiores es compleja, en el centro de la búsqueda por la condición fundamental de la materia reside el anhelo por la simplicidad y síntesis que caracterizan el mundo de significados. De ahí la esperanza de los físicos de encontrar una Gran Teoría Unificada de todo (GTU) que pueda expresarse en una sola ecuación. Aunque puede que eso sea una esperanza vana, la investigación que está teniendo lugar en el CERN es, más importante, en sí una estupenda demostración de síntesis y de la voluntad-al-bien que surge cuando un grupo emprende una búsqueda intencionada para entender la naturaleza de la realidad. En cierto sentido, el arco de 27 kilómetros del Gran Colisionador de Hadrones rodea el planeta, porque el proyecto está apoyado por una enorme comunidad internacional de científicos e ingenieros que trabajan juntos en equipos multinacionales en el CERN y por todo el mundo, construyendo y probando el equipamiento y el software y participando en los experimentos y analizando los datos.

Se trata de una impresionante fusión de mentes que se unen en búsqueda de respuestas a preguntas fundamentales sobre la naturaleza del universo en que vivimos. De hecho, es un ejemplo de una mente grupal principiante funcionando como un solo organismo espiritual. A medida que esta mente grupal evolucione, su intuición se irá despertando. Entonces amanecerá una comprensión del campo de conocimiento más espiritual y sintetizada –al tiempo que se surgirán maravillas y misterios aún mayores ante nuestra asombrada visión.

El espíritu de la ley

Vivimos en un mundo henchido de normas y reglamentos mientras que, al mismo tiempo, el espíritu humano anhela alcanzar una mayor libertad de expresión. La forma de reconciliar estos dos factores opuestos se alza como una de las grandes preguntas de nuestros tiempos. Para citar al historiador romano, Tácito,: “Cuanto más corrupto el estado, más leyes” –un pensamiento interesante para reflexionar en relación con la complejidad de los florecientes sistemas legislativos de las sociedades modernas.

Aunque existe mucha corrupción, esta complejidad es también evidencia de otros fenómenos. La energía cinética de la raza humana está aumentando dramáticamente a medida que sus facultades mentales y emocionales se desarrollan. El ingenio humano está constantemente lanzando nuevas ideas e iniciativas y todo ello necesita regulaciones que aseguren que no se infringen los derechos de otros. Estos derechos a su vez están siendo constantemente redefinidos, conduciendo a nuevas leyes, normas y reglamentos. Hasta que las facultades espirituales más elevadas de la raza humana se desplieguen y asuman el control de sus pensamientos, sentimientos y acciones, necesitaremos complejas leyes creadas por el hombre como imposiciones necesarias aunque solo sea para mantener cierta semblanza de orden civil.

Por ello, no es sorprendente observar que la creciente complejidad de la ley y el orden va en paralelo con una rebelión contra la autoridad de cualquier tipo. En los países tecnológicamente avanzados, la voz de la opinión pública está más informada y segura de sí misma y se escucha, consecuentemente, más fuerte, conduciendo en la mayoría de los casos a una mayor democratización de la sociedad. Pero, junto a esto, la defensa a ultranza de derechos y beneficios personales menores ha contribuido a crear un foco excesivo en la letra de la ley, con su efecto asfixiante sobre la sociedad. Una perpleja cantidad de lo que se puede y no se puede hacer está ahora consagrada en la legislación en lo relativo a cuestiones y ofensas relativamente menores, mientras que los grandes crímenes a menudo quedan sin castigo debido a astutas manipulaciones legales. A medida que la ley gana en complejidad, crece el potencial de desafiar una ley con otra y de defender delitos menores mediante cláusulas, vacíos legales y la ofuscación.

Aún así, puede que todo esto sea algo a esperar del “lugar de encuentro” entre la vieja era de los pocos privilegiados y la nueva era de derechos universales en la que estamos entrando. Quizá sea un efecto lateral temporal del enorme proceso de liberalización que está teniendo lugar por todo el mundo a medida que la gente se alza en contra de la autocracia, la corrupción y la injusticia. En países no democráticos esta es una gran causa de regocijo y, ciertamente, deberíamos admirar la valentía que exhiben. Pero en las democracias del mundo, las libertades que se han ganado a lo largo de siglos de sufrimiento, conflicto y comportamiento heroico podrían asfixiarse con la insidiosa infiltración de una era de legislación.

Hace siglos, el filósofo Jeremy Bentham observó, “toda ley es una infracción de la libertad”. Pero la única salida a esta situación es la realización de que la verdadera libertad sólo se encuentra cuando se busca activamente a través del servicio a los demás. En palabras de Alice Bailey, “la idea de la libertad puede en sí constituir una prisión. No hay almas libres en ningún lugar, excepto aquellos que, de libre elección, se aprisionan y se encuentran dentro y por la ley del servicio”. Si no queremos crucificar el espíritu humano enredándolo con la letra de la ley, necesitamos vivir más de acuerdo con su espíritu, y dejar que nuestros pensamientos y hechos se realicen en beneficio de la humanidad, y no sólo de nosotros mismos. Nuestras acciones deben ser guiadas por una gran ley de amor –ese principio de atracción en el universo a través del cual se construyen y mantienen relaciones correctas a todos los niveles de manifestación. Sólo mediante las correctas relaciones puede encontrarse la libertad verdadera y el amor de Dios fluir sin impedimentos por toda la creación.

Esencialmente, las leyes humanas son, o deberían ser, un reflejo de principios espirituales, un medio de contener sin peligro la liberación de la energía potencial de grupos de personas, organizándola y dirigiéndola para el beneficio común de todos. Como la humanidad está todavía aprendiendo a apreciar el concepto de “beneficio común” como opuesto al de “intereses creados personales”, el aspecto organizativo se vuelve cada vez más complejo a fin de contener elementos de picaresca que dañan el bien grupal. Mientras las personas intenten sacar más de un grupo de lo que aportan, otros son desprovistos de una parte equitativa de la energía del grupo; la competividad, la desarmonía, el vicio y por último la enfermedad, siguen inevitablemente –la “Tragedia de los Comunes” es el principal ejemplo de ello.

Mientras que Tácito vio la corrupción del estado romano en la cuantía de sus leyes, si nosotros miramos alrededor vemos una tendencia bastante diferente en las numerosas leyes y acuerdos internacionales de nuestros tiempos. Tras la letra de estos acuerdos, el movimiento hacia la integración y el compartir grupal es claramente discernible. En un mundo cuyos problemas son globales, existe un creciente reconocimiento de la necesidad de abarcar todos los derechos –de individuos, naciones y de la humanidad una de la misma manera. La necesidad de actuar unidos para afrontar preocupaciones compartidas está empujando a las leyes de las correctas relaciones hacia la primera fila de la consciencia humana. A caballo entre la complejidad de los asuntos del mundo y el sufrimiento de sus pueblos, las señales indican que la Humanidad está despertando al espíritu de una gran ley –la sencilla ley de amarnos los unos a los otros.

 

LA GRAN INVOCACIÓN

 

Desde el punto de Luz en la Mente de Dios,

Que afluya luz a las mentes de los hombres;

Que la Luz descienda a la Tierra.

 

Desde el punto de Amor en el Corazón de Dios

Que afluya amor a los corazones de los hombres;

Que Cristo retorne a la Tierra.

 

Desde el centro donde la Voluntad de Dios es conocida

Que el propósito guíe a las pequeñas voluntades de los hombres,

El propósito que los Maestros conocen y sirven.

 

Desde el centro que llamamos la raza de los hombres,

Que se realice el Plan de Amor y de Luz

Y selle la puerta donde se halla el mal.

 

Que la Luz, el Amor y el Poder restablezcan el Plan en la Tierra.

(versión adaptada)

 

Desde el punto de Luz en la Mente de Dios,

Que afluya luz a las mentes humanas;

Que la Luz descienda a la Tierra.

 

Desde el punto de Amor en el Corazón de Dios

Que afluya amor a los corazones humanos;

Que Aquél que viene retorne a la Tierra.

 

Desde el centro donde la Voluntad de Dios es conocida

Que el propósito guíe a las pequeñas voluntades humanas,

El propósito que los Maestros conocen y sirven.

 

Desde el centro que llamamos la raza humana,

Que se realice el Plan de Amor y de Luz

Y selle la puerta donde se halla el mal.

 

Que la Luz, el Amor y el Poder restablezcan el Plan en la Tierra.

 

Original del Boletín de Buena Voluntad Mundial septiembre 2010, de Lucis Trust