Imagen: Ramiro Calle en la cueva donde meditaba Buda, Bodgaya, India,  Diciembre 2008

Cuando descubrí el yoga yo tenía quince años de edad. Realmente era un necesitado de este método milenario que era entonces un gran desconocido en nuestro pais, hasta tal punto que cuando hicimos una encuesta por la calle preguntando qué era el yoga con una unidad móvil de Radio Nacional, alguien preguntó: «¿Se trata de un jugador de fútbol?».  Pues nó, se trataba del método más solvente y antiguo de mejoramiento humano y desarrollo de la consciencia. Y digo que era un necesitado del mismo porque tenía no pocos desórdenes físicos y emocionales, y de ahí que en cuanto comprobé hasta qué punto me ayudaban sus técnicas, lo incorporé a mi vida y empecé a practicarlo con entusiasmo. Hubo la fortuna de que se estableció en Madrid tiempo después un mentor hindú que impartía el verdadero Hatha-yoga, y que así, habiendo comenzado autodidactamente, pude encontrar una guía fiable, que me ayudó a restablecerme física y psicológicamente y que me procuraba las enseñanzas y procedimientos que tanto cooperarían en mi armonía psicosomática. El yoga se convitió en el verdadero aliado y refugio de toda mi adolescencia y juventud. Trato de practicarlo todos los días, aún en las condiciones más complicadas en los viajes por la India. Tanto me ha dado que siempre he sentido la necesidad imperiosa de pasar a otros el obsequio que he recibido y por eso me he convertido en una especie de «intermediario gnóstico», difundiendo estas enseñanzas y métodos que derivan de las mentes más realizadas de la humanidad, y que son totalmente aséptica y no doctrinales, invitando a las experiencias personales y no a las creencias.


De tal modo está incorporado el yoga a mi vida que pocas horas antes de ser  colocado por la bacteria cogida en Oriente al borde de la muerte, en una camilla de hospital  me puse a hacer posturas de yoga, con la ayuda de Luisa. La infección era tan galopante que pocas horas después me provocó una parada respiratoria y se pensó que había llegado al término de mi vida, como relato en mi obra «En el límite» (recientemente reeditada).
 
La muerte no terminó por llevárseme, pero después de casi un mes en la Uci y otro en planta del hospital, mi situación física era realmente lamentable. Por resumir: había perdido veinte kilos, estaba totalmente desmusculado, funcionaba mal todo mi aparato digestivo, mi capacidad respiratoria era minúscula, levantar un solo brazo en el aire representaba un esfuerzo excepcional, sufría de parestesia (insensibilidad) en diferentes partes del cuerpo, veía doble, no tenía el menor sentido del equilibrio, tenía que ser ayudado para poder efectuar mis necesidades, a cada movimiento seguía un tirón muy doloroso y, en suma, había entrado joven y salía siendo un anciano decrépito. Por si todo eso, y mucho más que había, fuese poco, tenía que estar ingiriendo medicamentos muy fuertes y no exentos de riesgo a lo largo de un año. Tal era el panorama, el enfrentamiento con un cuerpo que dos meses antes era flexible, vigoroso, activo, muy vital y resistente, y que tras la enfermedad era una verdadera ruina. Muchas personas me han preguntado hasta qué punto me ayudó el yoga en la recuperación y ahora quiero satisfacer su saludable curiosidad.
 
Tenía una herramienta además de toda la preciosa y eficaz asistencia médica; el yoga. Si me había servido en mi adolescencia y juventud para tanto, también ahora podría demostrar su eficiencia. Y comencé a practicar, aunque ¡en qué condiciones! Lesión tras lesión: así estaban los músculos de debilitados. Era como si por primera vez hiciera la posturas del yoga: tan rígido estaba. Además, como no tenía control sobre el equilibrio de mi cuerpo, me caía a menudo. Pero persistí. Había posturas, incluso las más fáciles, quie solo podía hacer un cuarto de las mismas… perso insistí sin desfallecer, confiando en que lo que había logrado hace tantos años podía volver a conseguirlo. ¡Cuánto esfuerzo y persistencia para poder volver a ejecutar la postura de la cobra! Imposible durante meses ejecutar la postura del arco o del saltamontes. Cuando hacia la posición de la pinza, no llegaba ni con las manos a las rodillas. Asi de vulnerable es el cuerpo humano. Pero yo había leído en Theos Bernard que si uno fracasa en la senda del yoga, el fracaso no es del yoga sino de uno mismo, que no ha practicado con suficiente motivación. También sabía que la clave del éxito es la disciplina asidua. Proseguí. Dificultades enormes. Pero en un mes y medio comencé a dar clases en el centro de yoga, aunque las primeras semanas asistía ayudado de un bastón, dando traspiés y con un parche en el ojo para evitar la duplicidad de visión.
 
Me preparé toda una estrategia: caminar todo lo que podía, hacer las posturas de yoga avanzando poco a poco, ejercitarme en las técnicas de pranayama, efectuar relajación profunda y meditación. Era un proceso lento, pero enseguida me di cuenta de que prometedor. Así que con ánimo renovado me serví de todas las técnicas, enseñanzas y actitudes que pude para rehabilitarme y recuperarme. Apelaba a todos mis potenciales de sanación, máxime porque tenía la fortuna de haber quedado con mínimas secuales al lado de lo que podría haber sido. La bacteria llamada listeria tiene un índice apabullantemente elevado de mortandad y morbilidad.
 
Al día de hoy queda alguna minúscula secuela, en vías de desaparición. He recuperado mi ritmo ordinario de trabajo psicosomático, habiendo vuelto a poder efectuar todas las posturas de yoga que antes de la efermedad hacía y ejecutar con sagacidad las diversas técnicas del hatha-yoga, incluso el nauli y el basti. He recobrado la movilidad y el equilibrio de mi cuerpo, ése cuerpo fragil que todos tenemos y al que no hay que apegarse ni jamás rendirle culto, pero sí utilizarlo como vía de autorrealización. He aprendido a ser humilde, consciente de mi vulnerabilidad, y a valorar aún más la más hermosa de las orquídeas: la compasión. Han sido muchas las personas que me han ayudado. Y considero que es muy consolador para los seres humanos poder contar con una «farmacopea» complementaria muy eficiente y que es la del yoga.

 

Ramiro Calle, 15 agosto 2013