Los escándalos en los hospitales se multiplican. Vienen de todos esos centros en Inglaterra, en España… donde el objetivo del negocio aventaja al de devolver la salud. ¿Cuántos Stafford hay escondidos, sin salir a la luz? ¿Cuántos no se camuflarán en el mañana privatizado? Mucho apunta a que esa dejación de principios, esa materialización de lo vital, esa banalización de nuestro latido puede ser sólo el comienzo. La “marea blanca” parece que tenía sus fundadas razones para tomar el asfalto. Sin embargo ese triste avance del afán de lucro por encima de las personas, esas noticias aparentemente negativas de cambios en la política sanitaria, pueden albergar también su aspecto esperanzador. La crisis puede lograr que nos hagamos un poco más los dueños de nuestros propios cuerpos, que comencemos a gestionar más nosotros/as, por lo menos dentro del ámbito de lo cotidiano, nuestra propia salud.


Quizás ese reencuentro también estaba en la agenda. Quizás ya estaba acordada esa cita con el sol, con el aire, con el agua, con las plantas y los alimentos sanos, con la paz que nos debíamos… Quizás faltaba la crisis, los hospitales convertidos en grandes cajas de hacer dinero, para recordárnoslo. Quizás a partir de  ahora más camino de la huerta, de la montaña, de nosotros mismos y nuestras posibilidades de  regeneración, que de las colinas donde se emplazan los macro-hospitales. Allí donde se cuida y preserva la vida, pero también donde a menudo se intenta recuperar la salud con exceso de química y artificio.

A la vista del panorama de “paciente-negocio”, nosotros nos refugiamos en el alma de la planta, subimos  con la sabia  hasta la rama y la esencia de su flor. Ya no entregar nuestros cuerpos a nadie, ni siquiera a aquellos que dicen querer sanarlos, pero que no cuentan con nosotros y los principios con los que somos uno. Antes de convertirnos en negocio de bajo coste, correremos con el viento, rodaremos con el rocío… Antes de ser un número más en la lista de pacientes sin voz, ni voto, ni oído, llamaremos a las puertas del misterio de los aceites y ungüentos; aprenderemos el “vademécum” de las mil y un plantas, los bailes de la luna, las propiedades  del barro y el sol.

No reivindicamos, simplemente reconquistamos el gobierno de nuestros cuerpos. No clamamos derechos, nos hacemos con ellos. No pongan su mano en nuestros cuerpos quienes nos ven con cara de “euro”, quienes no vibren en lo profundo de su ser con sincera voluntad de servicio, con genuino anhelo de sanación. No, no abrirán con nosotros la caja registradora. No haremos cola mientras que ellos  desenfundan la calculadora… El sol sale cada mañana y a la arcilla no lograrán colocarle código de barras. No, nuestro cuerpo es tierra sagrada y nadie encontrará minas de  oro en sus grutas. Es la rebelión de los hombres y mujeres  libres, que no necesariamente inundamos las calles, pero que sí abrazamos nuestro inmenso potencial regenerador, retomamos los destinos de nuestra propia salud, de nuestras propias vidas…

Honramos, como no podía ser  de otra forma, a tantos q ue visten la bata blanca con entrega y vocación. Llega además el accidente o la enfermedad mayor y será necesario meterse entre las sábanas de la Seguridad Social. Es preciso reconocer las vidas que día a día mejora y salva la medicina convencional, pero se mantiene el desafío de humanizar los hospitales, la necesidad de contar con el ser humano, que circunstancialmente viste pijama, en todo lo concerniente a su salud y terapias. Urge empequeñecer los hospitales, rodearlos de aire puro, jardines, fuentes y prados. Apremia por supuesto apartar de este mundo a cualquiera que vea en el enfermo una mercancía.

No sé si iremos a la próxima manifestación de las “batas blancas”, tenemos que recoger muchas flores, extraer muchas esencias, acariciar muchas pieles… Tenemos que aprender a gestionar nuestra salud y no necesariamente entregarla a terceros. Tenemos que recuperar todo el tiempo que perdimos pensando que sólo ellos y sus mil y un sofisticados aparatos, no el sol, el aire, el agua…, nos devolverían el futuro y la vitalidad. La culpa fue nuestra, de cuando inclinamos la cabeza, de cuando nos vimos ignorantes y pensábamos que no había otra salida. El error  fue nuestro, de cuando pedimos un taxi hacia esos pasillos ahogados en cloroformo, en vez de seguir el sendero verde o la estrella dispuesta a guiarnos desde algún firmamento. A nuestros cuerpos les debemos la atención y ternura que no les propinamos, cuando nos ganó el miedo. Abrazar la enfermedad, mantener la dignidad y el gobierno de nuestros cuerpos…, la crisis nos ha de enseñar muchas cosas. Aún sólo ha arrancado en su singular magisterio…

Koldo Aldai, 13 febrero 2013