La ecuanimidad es la cualidad de las cualidades. La ecuanimidad solo puede florecer cuando la mente se ha liberado de negatividades, impedimentos, obstrucciones y trabas, toda clase de propensiones venenosas, interpretaciones egocéntricas, viejos y condicionantes patrones de conducta y reactividades de avidez y odio. La ecuanimidad es firmeza de mente, equilibrio de carácter, capacidad para asumir las cosas tal cual son cuando resultan inevitables. Si las cosas pueden ser modificadas para mejorarse, se modifican; lo que es inevitable se asume sin generar crispación o resentimiento.

La ecuanimidad no es indiferencia, ni insensibilidad, no es indolencia o apatía. Es el resultado de la mente clara que ve las cosa tal cual son; deviene de la visión cabal que brota en la mente pura y que se sitúa más allá del autoengaño, la avidez y la aversión. Solo en la medida en que se va liberando la mente de corrupciones y se va ampliando la visión (una visión más panorámica, capaz de ver los extremos y tomarlos como emboscadas), es posible que comience a brotar la ecuanimidad. La ecuanimidad es una actitud muy especial de la mente, que sabe ponerse en el medio y ver los extremos como trampas engañosas, evita las reactividades desproporcionadas y no se deja zarandear por interferencias psicológicas ni rebota entre la exaltación y el abatimiento. La ecuanimidad es también el resultado de la clara comprensión. Mediante esta comprensión de alcance muy profundo es posible ver y entender que todos los eventos y fenómenos fluyen, son transitorios, variables, impermanentes.

 

La vida es como un juego de luces y sombras. Aferrarse a lo que es transitorio e insustancial genera sufrimiento. Ese es el diezmo elevado que se paga al apego. Resentirse, generar ira y aversión ante lo inevitable, queriendo descartar lo que no puede descartarse, también produce mayor sufrimiento. Es el diezmo que se paga a la aversión. La persona ecuánime permanece con la mente clara y firme ante el placer y ante el dolor, que siempre caminan codo a codo. En palabras de Kipling: “si guardas en tu puesto la cabeza tranquila cuando todo a tu lado es cabeza perdida”. La ecuanimidad impone un ánimo estable, pero fluido; recio, pero permeable. La verdadera ecuanimidad se arropa con la compasión. Así no cabe el riesgo de que la persona ecuánime pueda volverse distante o fría. Compasión y ecuanimidad son dos de las cuatro moradas sublimes en las que Buda insistía.

 

Todas las técnicas de meditación budistas tienden a desarrollar la atención y la ecuanimidad y se sirven de estos dos importantes factores para ir obteniendo la superación de las viejas estructuras de la mente y la reorganización de la psiquis a un nivel más elevado que desencadene una visión más penetrativa y liberadora.

La parábola del hombre ecuánime representa una elevada instrucción. Disipa cualquier duda al respecto.

Había un hombre que tenía un caballo. Cierto día, al despertarse e ir al establo, descubrió que el caballo había desaparecido. Cuando los vecinos se enteraron de ello, vinieron a verle y le dijeron:

–¡Qué mala suerte has tenido! Para un caballo que poseías y se ha marchado o te lo han robado.

Y el dueño del caballo, muy tranquilo, repuso:

–Sí, sí, así es, así es.

Transcurrieron los días. Una mañana el hombre salió al campo y he aquí que en la puerta de su casa vio que no solamente había regresado su caballo, sino que había otro con él. Se enteraron los vecinos y vinieron para decirle:

–¡Qué buena suerte la tuya! Ahora resulta que eres el dueño de dos caballos.

El hombre repuso:

–Si, sí, así es.

Como ahora el hombre era dueño de dos caballos, podía salir a montar en compañía de su hijo. Pero un día, el hijo se cayó del caballo y se fracturó una pierna. Se enteraron los vecinos y presurosos fueron a visitar al hombre y a decirle:

–¡Qué mala suerte la tuya! Si no hubieras tenido ese segundo caballo…

El hombre dijo con toda tranquilidad:

–Sí, ciertamente, así es.

Transcurrió una semana. Estalló la guerra. Todos los jóvenes fueron movilizados, a excepción del muchacho que se había roto la pierna. Enseguida lo supieron los vecinos y vinieron a decirle a su padre:

–¡Tu si que tienes suerte! Tu hijo se ha librado de la guerra.

Y el hombre dijo:

–Sí, sí, así es.

Esta parábola es extraordinariamente significativa. La rueda de la vida gira sin cesar; sólo el eje conserva su equilibrio, o sea, la ecuanimidad, la actitud de equilibrio y armonía que brota de la clara comprensión. Para el que sabe ver, no hay exaltación ni depresión, no se inmuta ante el halago o el insulto, sabe que en el encuentro está la separación, que victoria y derrota se dan la mano e intercambian papeles a menudo. Si se pierde la ecuanimidad, incluso ahí hay que aplicar la ecuanimidad. Se dice que solo en el centro del tornado hay calma perfecta aunque todo alrededor se haya vuelto caótico. La ecuanimidad es una actitud de firmeza mental y estabilidad armónica a pesar de que varíen los acontecimientos, los estados de ánimo, los pensamientos y los procesos psicofísicos. Desde la ecuanimidad uno ejerce una visión mucho más amplia, como era la que había conquistado el amo del caballo.

(Del libro “Enseñanzas y parábolas de Buda y Jesús”, de Ramiro Calle, página 91, Editorial Kailas, 2013).