Glosa al militar alemán con motivo del estreno de»Valkyria» en nuestro país

27-Enero-2009
Cuando en la noche del 20 de julio de 1944 Claus Von Stauffenberg fue fusilado en el patio del cuartel berlinés de Bendleerstrasse, Alemania perdió su última oportunidad de eliminar a Hitler y de propiciar una rendición pactada con el mando aliado. En los casi cinco años desde el inicio de la guerra Alemania había sufrido 2,8 millones de muertos, y en los restantes 10 meses de guerra hasta mayo de 1945, los muertos alemanes fueron 4,8 millones. Stauffenberg pudo así haber evitado el sufrimiento de millones de personas, y muy cerca estuvo de lograrlo. Su fallida gesta podría haber cambiado el destino de Europa en los 45 años siguientes hasta la caída del muro. El propósito de estas líneas es rendir tributo a este hombre honesto y valiente, que junto con otros destacados miembros de la Resistencia, entregó su vida con inteligencia y con generosidad excepcional.

Formación castrense. Claus Von Stauffenberg nació el 15 de noviembre de 1907 en el seno de una familia aristócrata cuya historia se remonta al siglo XIII. Claus fue el tercero de cuatro hermanos de los que sobrevivieron tres. Su formación fue la clásica de la época en una familia noble, con un importante énfasis en la cultura y tradición alemanas desde Goethe a Rilke y al contemporáneo poeta Stefan George, que ejerció gran influencia sobre los tres hermanos. Durante su niñez, Stauffenberg fue testigo del colapso del viejo orden y del nacimiento de la República de Weimar. Tuvo una educación liberal que acentuó su interés por el humanismo y la cultura. A pesar de los problemas de salud que le aquejaron durante su infancia y adolescencia, y a pesar también de sus inclinaciones por estudiar arquitectura, Claus Stauffenberg optó por una formación militar, iniciada en 1926. A la llegada del régimen nazi en 1933 Stauffenberg era ya oficial, aunque no era miembro del partido.

En 1941 Stauffenberg prestó sus servicios en Rusia, donde las atrocidades de las que fue testigo le generaron las primeras dudas respecto de la sanidad del régimen nazi, así como un enorme conflicto interno entre deber y conciencia. La sustitución del General Halder como Jefe del Estado Mayor en septiembre de 1942 en beneficio del General Zeitzler, y la total subordinación de éste a las órdenes de Hitler, actuaron también como catalizadores en la concienciación de Stauffenberg de que la tradición militar alemana estaba siendo prostituida. Por ello, en la Conferencia de Vinnitsa de octubre de 1942, cuando la tragedia de Stalingrado no podía siquiera imaginarse, Stauffenberg afirmó que el odio que Alemania estaba sembrando en el Este haría que “nuestros hijos recogieran los frutos algún día”. Sorprendentemente, la audacia de sus comentarios no llegó más allá.

En la primavera de 1943, con el rango de teniente-coronel, Stauffenberg fue transferido al Afrika Korps en Túnez, en plena desbandada del Eje bajo el peso de la Operación aliada Torch. Al poco, en abril de 1943, resultó gravemente herido cuando su jeep fue ametrallado por cazas ingleses. Perdió dos dedos de la mano izquierda, la mano derecha completa y el ojo izquierdo, así como sufrió heridas en otras partes del cuerpo. Su recuperación tuvo lugar en Cartago y en Munich, donde fue operado repetidamente del oído y de la rodilla. Con su habitual y férrea disciplina, Stauffenberg aprendió a manejarse sólo con su mutilada mano izquierda, reincorporándose a la vida activa.

En la Resistencia. Claus Von Stauffenberg se unió a la Resistencia en el otoño de 1943, convencido ya de la maldad intrínseca del régimen y apremiado por su tío, el Conde Nikolaus von Üxküll. Contaba con la capacidad de liderazgo de la que la Resistencia había carecido hasta entonces, y con un gran carisma entre aquellos que le conocían. La combinación de un fuerte intelecto con una visión política realista y las cualidades del hombre de acción, hacían de Stauffenberg el hombre ideal. Reunía, en palabras de un contemporáneo, “las cualidades del mayor idealismo con el más absoluto realismo”. En octubre de 1943, ya dado de alta, fue asignado a un puesto en Berlín bajo las órdenes de Olbricht (otro mártir de la Resistencia), desde donde se convirtió en uno de los principales ideólogos del plan de eliminar físicamente a Hitler, del mecanismo que habría de ponerse en marcha una vez asesinado el dictador (“Plan Valkyrie)”, y de la formación de un gobierno que pudiera negociar la paz.

Entre finales de 1943 y principios de 1944 fueron previstos cuatro planes para asesinar a Hitler, todos los cuales hubieron de ser cancelados por cambios de última hora en su horario. En este período, la tensión de los conspiradores era ya extrema, tras las ejecuciones el año anterior de Sophie Scholl y de otros miembros del descubierto movimientro clandestino de la Rosa Blanca. De hecho, en junio de 1944 Julius Leber, que habría encabezado el gobierno post-atentado, fue detenido por la Gestapo: el cerco se estrechaba y los conspiradores lo sabían. Era preciso actuar sin dilación.

Julio de 1944. El 1 de julio de 1944 Stauffenberg fue nombrado Jefe de Gabinete del General Fromm, máximo mando de la Reserva. Ello le permitió asistir a algunas reuniones con Hitler en Rastenburg (la célebre “Guarida del Lobo”), y estar en contacto con los efectivos de la Reserva, que tenían asignados un papel importante en Valkyrie. Stauffenberg había llegado a la conclusión de que la única persona que podría llevar a cabo el atentado contra Hitler era él, y ello a pesar de sus minusvalías físicas.

El 15 de julio de 1944 fue convocado a Rastenburg junto con Fromm a una conferencia con Hitler, y el Plan Valkyrie fue pre-activado. Sin embargo, un cambio en el horario de Hitler le disuadió de conectar la bomba que llevaba en su maletín (cuyo mecanismo había sido preparado para ser puesto en marcha con sólo tres dedos de la mano izquierda). De vuelta a Berlín, los próximos a Stauffenberg le recordaron exhausto y tenso, pero también decidido a intentarlo de nuevo en una nueva conferencia con Hitler, prevista para el 20 de julio. El 16 de julio se reunió con su esposa Nina, embarazada de tres meses, y sus cuatro niños. Fue la última vez que se vieron.

El 20 de julio de 1944 Stauffenberg abandonó su apartamento berlinés a las 6.00 a.m. A las 8.00 a.m. despegó en compañía de su ayudante, Haeften en un Junkers JU 52 con destino a Rastenburg, distante 620 Km., a cuyo aeródromo llegó a las 10.15 a.m. Haeften portaba el maletín con los dos paquetes de explosivos de dos kilos cada uno, disimulados bajo una camisa de refresco. A las 11.30 a.m. se reunió con el el General Keitel (posteriormente Mariscal, condenado a muerte en Nuremberg en 1946), que le informó del adelanto de la reunión prevista con Hitler a las 12.30 p.m. (el motivo: la recepción a Mussolini tras su audaz rescate días atrás por el Coronel Skorzeny). En lugar de en el búnker habitual, la conferencia tendría lugar en unas barracas de madera, con lo que Stauffenberg fue consciente de que el efecto de la onda explosiva sería menor. Además, debido al súbito adelanto de la conferencia, Stauffenberg apenas tuvo tiempo para activar una de las dos bombas: aún así decidió seguir con el plan. La conferencia convocó un total de 24 hombres. Al poco de iniciarse, Stauffenberg se ausentó, bajo el pretexto de una llamada telefónica, dejando el maletín muy próximo a Hitler. Alguien cambió el maletín de lugar, alejándolo del dictador. El estallido se produjo a las 12.42 p.m., momento en que Stauffenberg y Haeften partían en coche hacia el aeródromo. Les dio tiempo a observar la gran humareda y la retirada de uno de los muertos. Al llegar al límite de Rastenburg, con enorme sangre fría Stauffenberg persuadió a los centinelas para que le permitieran abandonar el recinto. Cuando subió al avión de regreso a Berlín, Claus Von Stauffenberg creía que, efectivamente, Hitler había muerto.

A las 3.30 p.m. Stauffenberg llegó a Berlin, donde para su sorpresa el Plan Valkyrie no había sido activado. En la capital prevalecía la duda respecto de la suerte de Hitler y los potenciales sublevados esperaban instrucciones: se habían perdido así tres horas preciosas en las que la rebelión podría haber prendido, con Hitler vivo o muerto. A las 4.00 p.m. Fromm habló con Keitel, que le confirmó que Hitler estaba salvo, con heridas que apenas superaban unos arañazos. En respuesta, Fromm dictó el arresto de Stauffenberg y su entorno, pero éstos, rebelándose, hicieron prisionero a Fromm. Aquella tarde del 20 de julio fue testigo de la progresiva renuncia uno tras otro de los responsables de ejecutar Valkyrie. A las 7.00 p.m. no cabía ninguna esperanza. La rebelión había fracasado. En juicio sumarísimo ordenado por un liberado Fromm, Stauffenberg, Olbritch, Quirnhem, Beck y Haeften fueron condenados a muerte. El General Beck, Jefe del Estado Mayor alemán entre 1935 y 1938, y una de las figuras clave de la Resistencia, prefirió el suicidio (hubo de ser rematado al fallar sus dos intentos). Los demás fueron fusilados esa misma noche. El propio Fromm fue fusilado a los pocos días, bajo acusación de cobardía. Una brutal represión había comenzado en el último año del régimen nazi.

El gran legado de Stauffenberg. Stauffenberg y muchos de los conspiradores nos dejan un extraordinario legado moral, un gran ejemplo de sobriedad y sacrificio que puede inspirarnos en nuestro pensar y hacer diarios, en este principio de siglo en que nuestra sociedad da todo por hecho ignorando los sufrimientos que han permitido nuestro progreso. El alma nobilísima de Stauffenberg le llevó a asumir la responsabilidad última, aquella que está reservada a los grandes hombres que intuyen la idea del servicio. Cuando comprendió que el cerco de la Gestapo se estrechaba y que la urgencia era grande, concluyó que el magnicida no podría ser otro sino él, a pesar de la enorme dificultad que su condición física le imponía. Con gran dolor e igual fortaleza supo separarse de su esposa Nina y de sus pequeños hijos, consciente de que tenía una cita indelegable, de la que sin embargo saldría derrotado, pagando con su vida. Como ha señalado Peter Hoffman en su excelente “Stauffenberg” (1992), “el autosacrificio de los conspiradores presenta un continuado reto existencial tanto para los contemporáneos como para sus sucesores. He aquí el significado histórico de la rebelión”.

Desde hace tiempo, al pensar en este hombre, me han venido siempre a la cabeza las palabras que Borges reservó para su personaje Funes el memorioso: “monumental como el bronce”, y es que la valentía e inteligencia de Stauffenberg le hacen monumental. Quisiera que estas líneas sirvieran para recordarnos su austeridad y nobleza, y la de otros hombres y mujeres que visualizaron un mundo mejor pero que no pudieron alcanzarlo. Hoy, pasados 64 años de su gesta, me parece justo que le recordemos, y que al referirnos a él, nos vengan también las palabras del Maestro: “El corcel se estremece bajo el flagelo del látigo/Purusha tiembla ante la injusticia/Benditos sean los valientes y los justos/El único juez es tu espíritu, allí reside Dios”

La Redacción
Fundación Ananta