Hemos hablado estos días de nuestra naturaleza divina, que está latente y esperando ser desarrollada.

El hombre retrasa el encuentro con su Ser a la espera de las condiciones idóneas, que casi siempre están subordinadas al día a día.

Las condiciones idóneas se dan aquí y ahora, donde a cada uno haya tocado estar, se nos invita una y otra vez.

Ser uno con el Padre significa sobre todo ser leal y fiel a esa naturaleza que está dentro, pidiendo despertar.

Esa lealtad implica el mayor respeto por la vida y la verdad.


Cuando se asume la filiación divina, nos dice Aïvanhov, surge la posibilidad de vivir de otra forma: la lectura de la realidad cambia.

¿Son compatibles la filiación divina y el mundo material que nos rodea? ¿Son dos mundos separados, excluyentes, o pueden integrarse en uno?

Para la mayoría de los humanos siguen separados. Pero Jesús y otros seres excelsos nos hablan de integrarlos.

Esa es la esencia del trabajo al que somos llamados.

Cuando Jesús decía: «Mi Padre y yo somos uno», estaba resumiendo los mayores arcanos de la religión. Y también nosotros, un día, deberemos ser capaces de pronunciar las mismas palabras.

Algunos dirán: «Sí, pero Jesús no es como nosotros. Él era el hijo de Dios, mientras que nosotros, pecadores…» La Iglesia ha querido hacer de Jesús el equivalente de Dios mismo, la segunda persona de la Trinidad, Cristo, un principio cósmico, poniendo así entre él y los hombres una distancia infinita. Pero ¿es ésta la verdad? Jesús, por su parte, jamás dijo nada semejante, jamás pretendió ser de una esencia diferente a la de los demás hombres. Dijo que era hijo de Dios, pero no reivindicó para él solo esta filiación divina, sino que también resaltó la naturaleza divina de todos los humanos. Si no, ¿qué significarían estas palabras: «Padre Nuestro, que estás en los cielos», «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» y también: «Aquél que cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso las hará más grandes»?»

Omraam Mikhäel Aïvanhov,  Pensamientos cotidianos, Editorial Prosveta. Imagen: el Monte Cervino o Matterhorn