Una y otra vez se nos llama a visitar y cultivar nuestro mundo interior.

Una y otra vez posponemos esa visita y ese trato, pues la vida nos tiene ocupados.


Es así como los seres humanos vivimos inquietos, nerviosos, desasosegados.

En conflicto y no en paz.

En el interior, se nos dice, está la semilla que puede procurar la liberación en vida.

La semilla rara vez crece sola: necesita de cuidado y atención.

Cuando la semilla crece, somos dueños de nosotros mismos y avistamos el esplendor, la inmensidad.

Y en la inmensidad ya no hay malentendidos, solo hay comunión.

«No busquéis tanto vuestra felicidad en vuestro exterior, porque lo esencial que necesitáis se halla en vosotros, en vuestro mundo interior. Os diré incluso que, en el futuro, los humanos serán capaces de condensar su mundo interior hasta hacer que exista en la materia: aquello que necesiten en el plano físico, sabrán crearlo, darle forma y consistencia. En efecto, así como Dios ha creado el mundo, el hombre será capaz de crear su mundo exterior. Por el momento, él es quien se halla a merced del mundo exterior, lo soporta, no tiene el impulso necesario para remediarlo, para afrontarlo, y sucumbe. Si algo bueno para él se presenta de fuera, se siente un poquitín satisfecho; pero si no hay nada, se siente pobre y desvalido. ¡No es ésta una buena situación!

Preparaos para este futuro en donde seréis tan dueños de vosotros mismos que podréis hacer del mundo exterior el reflejo de vuestra vida interior. Entonces esto significará para vosotros el esplendor, la inmensidad, el máximo poder.»

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-86). Pensamientos cotidianos, Editorial Prosveta. Foto: el Kilimanjaro (Jonás Cruces-Todo Vertical, 22 agosto 2013)