Ayer hablábamos de la bendición como forma de trascender la consciencia habitual para entrar en la supraconsciencia.

Para pasar de la mente pequeña a la mente grande.


Hoy se nos sugiere que cada gesto puede ayudarnos a trasladarnos y permanecer en esas regiones.

Vivir en la tierra en armonía y en comunión es el fin último de nuestra larga y sufriente cadena evolutiva.

Para mirar desde los ojos del alma, y no desde la visión limitada y estrecha de la personalidad.

Hay un delicado perfume que captamos cuando nuestra consciencia se expande.

Con cada gesto, en verdad, podemos enviar nuestros rayos de amor a este mundo todavía en tinieblas.

Con cada gesto podemos trabajar con el Uno mientras entonamos el antiguo mantram: “que el amor del Ser Divino se derrame por todas partes”.

Que seamos instrumento.

«Cada gesto que impregnáis con una idea divina se inscribe en los archivos de vuestra conciencia superior, de la que van a brotar después energías benéficas. Cada vez que emprendéis una tarea, por modesta que ésta sea, con la convicción de participar en el buen orden de las cosas, en la armonía que debe reinar en la tierra y en el Cielo, esta tarea os fortalece.

Incluso en la vida cotidiana, lo que debilita a los humanos, es que no saben con qué estado de espíritu deben llevar a cabo ciertas tareas. O bien lo que tienen que hacer no les gusta y lo hacen refunfuñando, o bien piensan que otros deberían encargarse de hacerlo en su lugar y que abusan de ellos, etc. En estas condiciones, evidentemente, la menor obligación se convierte en una carga insoportable. Este estado de espíritu que influye muy negativamente en su psiquismo, disminuye también su resistencia física, y se cansan rápidamente. Pero el día en que se pongan a  trabajar con la convicción de contribuir al buen funcionamiento del conjunto al que pertenecen, sus esfuerzos dejarán de pesarles.»

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-86). Pensamientos cotidianos, Editorial Prosveta.  Imagen: Cielos desde Playa de Gavà, Barcelona, 4 febrero 2015 (Xènia Pallarès)