Volvemos a la idea de ayer, de extender nuestro amor al mundo entero, a todas las criaturas, a toda la creación.

Con frecuencia, en la vida llena de conflictos que nos toca vivir, parece una quimera inalcanzable.


Hoy se nos dice que el amor es el resultado de haber transitado previamente por los caminos de la pureza, de la armonía y de la luz.

Es así la consecuencia de un trabajo de purificación interior.

Ese trabajo tiene dos anclas: primero en nuestro interior, después arriba, contactando al Divino.

Esa doble unión es necesaria y es la que activa la otra consciencia.

La vida nos dará muchas y convincentes razones para eludir la unión, para seguir en el mundo de la acción-reacción, de la ilusión y del maya. En una palabra: del sufrimiento.

Pero también nos ofrece la posibilidad de tomar otro camino.

«Los humanos viven el amor como un sentimiento, como una pasión, o incluso a veces como un delirio, una enfermedad… ¡y una enfermedad incurable! El verdadero amor no es nada de todo eso: es un estado de conciencia al que accedemos después de haber andado durante mucho tiempo por el camino del perfeccionamiento interior.

El verdadero amor es la recompensa dada a aquel que ha comprendido que, para ser plenamente feliz, debe acercarse cada día más al mundo de la pureza, de la armonía y de la luz… al mundo de Dios mismo. Y como Dios es la fuente del amor, esforzándose en elevarse hasta Él, recibe el mayor regalo que pueda existir: siente que se vuelve capaz de extender su amor al mundo entero, a todas las criaturas, a toda la creación. Ya no concentra más su atención y sus pensamientos en una sola criatura humana esperando que ésta satisfaga sus deseos y sus necesidades, lo que conlleva necesariamente sufrimientos y decepciones. Se acerca cada día al amor divino, el único que puede llenar su corazón y su alma.»

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-86). Pensamientos cotidianos, Editorial Prosveta.  Imagen: Coolangatta (Queensland, Australia), 18 febrero 2015 (Nuria Calvo)