Hablamos aquí del mundo invisible o sutil, que para una gran parte de la humanidad simplemente no existe.

Nuestra educación se basa en la formación racional que reduce la realidad al “ver para creer”.

 

Sin embargo, cuando se establece un intercambio con el mundo sutil, éste habla más y más.

 

Algunos llegan a escuchar “la música de las esferas”, que no está en las esferas sino aquí y ahora.

Otros llegan a levitar, como hizo Teresa de Jesús.

Los humanos somos correosos e ignorantes, y estamos hechos de material psíquico rígido y poco moldeable.

Los años pasan, y la inocencia de la infancia se convierte con frecuencia en la amargura de la edad adulta.

Es un enorme fracaso que nos ata a la rueda de la vida.

Por eso aquellos que se relacionan con el mundo invisible son los verdaderos millonarios de la tierra. Su expresión y dignidad son distintos.

Cada mañana, al despertar, regeneran la comunión.

Son los bienaventurados.

«El mundo visible está construido según el modelo del mundo invisible. Si en el mercado hay que pagar para tener coles y zanahorias, es que en el mundo invisible también debemos dar algo a cambio de todo lo que recibimos. En el mundo invisible, ningún alma puede recibir algo de otra alma sin darle a cambio una alegría, una mirada, un rayo… ¡Pero cuántos seres humanos no se han enterado todavía de estos intercambios invisibles! Toman la luz del sol, su calor, sin pensar que ellos también deben darle algo. ¡Y todo lo que toman de la tierra! Y tampoco a ella le dan nada. Esto no es justo. Diréis: «Pero ¿cómo podemos darles algo al sol y a la tierra?» En primer lugar, debéis de abandonar la creencia de que el sol, las estrellas y los planetas sólo son cuerpos materiales privados de inteligencia y de sensibilidad, y puesto que son inteligentes y sensibles, debéis pensar en ellos con respeto, con amor y gratitud; no piden otra cosa de vosotros”.

Omraam Mikhäel Aïvanhov (1900-86). Pensamientos cotidianos, Editorial Prosveta. Imagen: la hermana Mac Nghiem, de la Orden de Interser, junto a algunos niños en el colegio en Quang Tri, Vietnam, 1 octubre 2014 (Jesús Vázquez)