Hay pensamientos y actos que nos dan fuerza. Otros en cambio nos debilitan.

Los primeros vitalizan nuestra aura, construyendo un círculo protector en torno nuestro. Los segundos generan una fuga de energía vital, de vida.

Cuando el aura nos protege, se nos dice, hay una luz interior, y permanecemos llenos de amor y de fuerza con independencia de las circunstancias externas.


Desde esa luz interior podemos trabajar con la mente mandando rayos de amor y de luz a la humanidad, a nuestros hermanos, a todos los seres que sienten.

Algunos lugares son propicios para ello. Desde luego la naturaleza. Pero también las dos horas de vuelo en un avión o el trayecto en un tren mirando al horizonte pueden dedicarse a mandar pensamientos amorosos y regeneradores.

Todos los días decenas de miles de aviones y de trenes surcan los cielos y la tierra. Si en cada uno de estos aviones y trenes hubiese una persona meditando por la humanidad, intentando evocar el amor del Cristo…

Podemos hacer magia con nuestros pensamientos cuando éstos son puros, desinteresados.

Todos podemos contribuir.

Un aura pura, luminosa, poderosa, es una barrera infranqueable, pone obstáculo a todas las corrientes nocivas que recorren el mundo visible e invisible. Rodeado de esta aura, el hombre se encuentra como si estuviese dentro de una fortaleza, e incluso, cuando a su alrededor no hay más que perturbaciones, desórdenes, agitación, él permanece tranquilo, estable, lleno de amor y de fuerza; siente que en él hay una luz interior. Cada uno puede crear a su alrededor esta aura poderosa mediante la oración, la meditación y la práctica de las virtudes.

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-86). “El libro de la magia divina”, página 29, Colección Izvor,, Editorial Prosveta.  Imagen: “Charaka, the ayurvedic healer”, pintura de Nicholas Roerich (1932)