«El sol brilla, y brilla sin preocuparse de saber si las criaturas a las cuales envía sus rayos son inteligentes o estúpidas, buenas o criminales, si merecen o no sus bendiciones: las ilumina a todas sin distinción. Por eso puede decirse que el sol es el mejor símbolo del amor divino.

Observad a los seres más extraordinarios que han existido en la tierra: todos han sido partidarios de algo, han tenido algunas preferencias e incluso algunas animadversiones. Incluso los más grandes profetas, incluso los más grandes Maestros supieron liberarse del todo de la necesidad de aplicar la ley de justicia y castigar a los malvados, porque nada es más difícil. Solo el sol aporta a los humanos la misma mirada que Dios mismo. Sabe que son chispas divinas que un día regresarán al seno del Eterno. Por esto desde hace milenios continúa calentándolos con paciencia, iluminándolos, vivificándolos. ¿Eso no os despierta el deseo de hacer lo mismo?»

Omraam Mikhaël Aïvanhov (1900-86). Pensamientos cotidianos, Editorial Prosveta. Imagen: cala en Menorca, 18 abril 2018, cortesía de  Cristina García Orcoyen