Quienes hemos nacido junto al Cantábrico sabemos de la bonanza de las mareas que regalan a las costas serena y puntualmente toda su paz,  la compañía de su brisa, amén de los preciados frutos de la mar.  Poco que ver con los oleajes que con sus golpes sorpresivos clausuran nuestros paseos, que con sus arremetidas repentinas se  llevan los barandados de nuestros silencios y contemplaciones. La marea suave, casi callada, nos obsequia sus conchas y estrellas, sus algas y moluscos, sus lecciones inolvidables cargadas de sutil sabiduría y salitre.


Nos seducen las alcaldesas que viajan en metro y además se bajan sustancialmente sus honorarios. Se abre un panorama inédito en la vida política española. Las mareas llegaron hasta el fondo de las playas con toda su brisa renovadora. Se culminaron las expectativas en innumerables pueblos y ciudades de toda la península.  La situación entraña muchos aspectos prometedores, al tiempo que desafiantes. Las victoriosas mareas ciudadanas y demás alianzas de Podemos con otras fuerzas progresistas, han despertado muchas esperanzas. Los nuevos ediles de estas formaciones tienen por delante el reto de implementar la gestión honrada y las políticas sociales que anunciaban, pero tienen seguramente por mayor desafío, el intento de superar el clima de discordia que  tanto caracteriza la vida política. Seguramente la mayor tarea que encaran es la de trascender el paradigma de la confrontación y el avance en la integración de las diferentes formas de entender el pueblo, el barrio, la ciudad. Ya no batallar al contrario, sino acertar a ganar su conciencia.

La historia no puede correr en balde. El estudio de nuestro pasado tiene que  servir para intentar hacerlo mejor en el presente. La situación de ahora tiene sus puntos en común con la que España vivió  en el año 1931, con la proclamación de la II República tras unas elecciones municipales. No podemos caer  en los  mismos errores, en la misma tentación de practicar políticas frentistas. Ya fuimos golpe de oleaje, ya corrimos a las trincheras que nos correspondían, ya se nos agotó la munición sobre sus sacos de arena. El nuevo Frente Popular que en realidad hoy nos tienta, es el que no encuentra a nadie delante suyo. El mayor reto que ahora  atienden las fuerzas progresistas  es el de intentar ganar para las causas nobles de la dedicación altruista, la solidaridad y la sostenibilidad a quienes hasta ahora eran sus adversarios. En América latina aún no lo han conseguido. Las izquierdas que han alcanzado el poder lo utilizan, en la mayor parte de los países, como arma arrojadiza frente al contrario.  Venezuela es sólo el caso más extremo y lacerante.

Hemos visto ya en demasiados lugares el relevo convertido en revancha.  No nos interesan los socialismos que son con pago de libertades, a costa de amordazar y marginar al adversario. El populismo no redondea precisamente las aristas. Nos interesan las políticas de progreso audaces, justas, razonables, implementadas de forma inteligente, en su momento oportuno y que tienen además el poder de seducir al contrario. El mayor reto que atendemos como humanidad es el de trascender el frentismo en los diferentes ámbitos de la vida social, la suplantación de éste por el consenso y la colaboración, por los  valores del cooperar y el compartir. Ahora estamos sin duda en las mejores condiciones para lograrlo. Hasta ahora no había despertado una conciencia de unidad, una sensibilidad integradora, capaz de acercar e incluso conciliar a los polos confrontados. Ahíto de batallas, primero reales y después verbales, emerge lentamente un nuevo humano que comienza a marchar al reencuentro de su semejante.

Las pleamares no sean golpe de oleaje puntual, fallido; puedan llevar sus frutos, su sostenida esperanza también a las arenas del mañana. Puedan prolongarse en creciente toma de conciencia, en creciente interés de la ciudadanía por la participación en lo público. En estos momentos de contenidas emociones es preciso evitar el estallido de los oleajes. El intentar  atraer al contrario y gobernar para toda la población; el tratar de unir las variadas voluntades, las diferentes sensibilidades tras unos objetivos y programas comunes, es el mayor reto que la nueva clase política, que ahora asume el poder municipal, tiene por delante. Desde la barandilla frente al océano recién inaugurado de la esperanza, los mejores deseos a todas esas mareas, que en la periferia y el interior, ahora  arrancan.

Koldo Aldai, 15 junio 2015